viernes, 20 de noviembre de 2015

EN EL KM 0 DEL PERONISMO

La calle New York, en el sur de Buenos Aires, resume 70 años de esplendor y decadencia argentina


Por New York no pasó la campaña electoral argentina. No hay propaganda política en las calles. No hay carteles del liberal Mauricio Macri ni del peronista Daniel Scioli, candidatos en pugna en la elección presidencial del próximo domingo. Ni siquiera un simple retrato de Cristina Kirchner.  Sería lo lógico, si hablásemos de la ciudad de los rascacielos imponentes y los taxis amarillos. Pero resulta que la New York a la que nos referimos no es la metrópoli magnética que todos conocemos. Está en Argentina, es una calle de seis manzanas que encuentras al atravesar el sur industrial y portuario de Buenos Aires, en la ciudad de Berisso (21.000 habitantes) bordeando el color café con leche del Río de La Plata. A ella se llega después de recorrer unos 70 kilómetros hacia el sur y unos 70 años hacia el pasado.

Más que una calle es una metáfora de 500 metros de largo por unos 200 portales de ancho alfombrada de adoquines tan gastados como su propia historia. De algunos de sus callejones salen llantos de niños, voces de televisión, risas ebrias y discusiones de pareja. No es el centro, no es la periferia. Es un fósil que nos ofrece información genética sobre el esplendor y la decadencia argentina, o del peronismo, que a veces viene a ser lo mismo.

“Acá no vienen los políticos para hacer campaña. Esta calle es un espejo de su desidia y de lo que se ha convertido Argentina”. Miguel Santiago Rodríguez, “Beto”, 53 años, está apostado en la entrada de su bar, “Raíces”. Recorre con sus ojos la hilera de casonas antiguas que ya sólo son carcasas vacías y sin techo. Adentro su mujer ordena las botellas de vino y cerveza. El sonido de los vidrios es casi el único que escuchamos. En esta New York no hay bullicio de sirenas ni de coches. De hecho, ya ni siquiera hay ruido.



“En su época de gloria”, recuerda Beto, “acá llegaban ucranianos, rusos, turcos, sirio-libaneses, italianos y españoles. Era el gran momento de Argentina”. 

En esta calle se cruzaron durante décadas los mayores sueños y las mayores pesadillas de una república tan rica como cruel. Acá estaba la industria de la carne con dos históricos frigoríficos (el Swift y el Armour) a los que entraban 11.000 cabezas de ganado cada día para transformarse en unas pocas horas en latas de carne con destino a Europa. Años 30 y 40 del siglo pasado: Argentina era potente y la carne era su petróleo. En estas seis manzanas se juntaban obreros y marineros, líderes sindicales y patrones desalmados, putas y malevos, oportunistas y charlatanes. Acá se hizo adulto el sindicalismo argentino y de acá partieron columnas de obreros que un 17 de octubre de 1945 (fecha fundacional del peronismo) pidieron en la Plaza de Mayo la liberación de un coronel llamado Juan Domingo Perón. Ese día llenaron las calles elegantes de Buenos Aires y sus cristalinas fuentes con piernas y brazos rebosantes de grasa, sangre y vísceras de vacas. Es el tipo de gente que los porteños elegantes no tenían ganas de ver. El peronismo se convertía en religión y en martirio.

En la puerta del antiguo frigorífico inglés Swift, tomada por la maleza y clausurada con unas rejas oxidadas, una placa metálica tiene grabada esta inscripción: “Km 0 del peronismo”. La instaló el último intendente (alcalde), Enrique Slezack, peronista. “Yo soy peronista, pero de los de verdad” proclama Beto. Los vecinos dicen que se robó todo, hasta los adoquines para restaurar la calle, declarada Patrimonio Histórico.

 “Hace un año me invitaron a inaugurar esa placa”, dice orgullosa Dora Roldán, casi 80 años, hija de María Roldán, la primera sindicalista mujer que tuvo la Argentina. “Pero todo lo que me ha dado esta calle son desengaños”. Dora habla claro, es rotunda y carismática. Es parte de la generación que vivió una Argentina exuberante e injusta y ha sido testigo de la decadencia.



“Mi madre me contaba que en los años 30 y 40 los obreros trabajan 18 horas en el frigorífico, despiezando las reses, impregnados de un olor nauseabundo a tripas y cueros frescos”, cuenta Dora. Dora también es peronista y también se considera “peronista de verdad”. Relata que era tan opresivo el trabajo que los patrones sólo permitían ir cinco minutos al baño para orinar y si se retrasaban un poco les abrían la cisterna con agua caliente para que se “quemaran el culo y volvieran rápido al trabajo”. Dora recuerda no pocos cadáveres de muchachos rusos fornidos a los que les daban media botella de grapa y los metían en cámaras heladas para cortar lomos y pezuñas “porque los eslavos aguantaban el frío más que nadie…pero muchos no aguantaban y salían duritos como el mármol”. Dora me pregunta si entiendo por qué tuvo éxito el peronismo.
En pleno auge de la industria de la carne, en los conventillos que existían a lo largo de las seis cuadras vivían "entre siete y ocho mil personas". Los dos frigoríficos, Swift y Armour, cada uno en una punta de la calle, marcaron el ritmo de la vida. Estaban administrados por ingleses que pagaban 7 centavos la hora de trabajo.

“Era una miseria. Con eso no podíamos comer ni siquiera un pedazo de la carne que fabricaban nuestros padres para el resto del mundo”, recuerda Dora. Su madre, descendiente de un anarquista genovés, agitaba a los obreros para que reivindicaran mejores salarios. Eran comunistas españoles y anarquistas italianos. Hasta que apareció Perón. Los hijos argentinos de aquellos inmigrantes se convirtieron en los primeros fieles del gran líder. Nacía el peronismo.

“Con Perón las cosas mejoraron. Empezamos a cobrar más dinero. Incluso algunos podían irse de vacaciones a Mar del Plata (balneario atlántico argentino) aunque en la playa nos miraban mal, nos llamaban “negros villeros”. Dora se ríe. “Así es este país: a quién produce la riqueza lo llaman negro y a quién se la queda lo llaman piola (listo, pícaro)” rezonga. “Fueron los mejores años. Con Perón tuvimos inodoro y papel higiénico. Y orgullo por nuestro trabajo”.
Un grupo de chicos recorre la calle con caps en sus cabezas y manos en los bolsillos. “Esos pibes son chorros, tené cuidado”, advierte un vecino. “Nadie les enseñó el valor del trabajo, creen que todo se consigue con la amenaza de un fierro (pistola). Los políticos no se ocupan de ellos. Más bien los usan. Acá nadie quiere laburar”.

Beto llegó a la New York a finales de los 60, cuando se iniciaba lentamente la decadencia. Uno de tantos chicos pobres que venían de cualquier punto de la Argentina en busca de un destino mejor. No había una estatua de la libertad que los recibiese con su célebre inscripción (“Dadme vuestros seres pobres y cansados. Esas masas ansiosas de ser libres… Que vengan los desamparados”) pero todos llegaban con cierto espíritu pionero. Un espíritu que los abrazaba tanto pero tanto que los exprimía. 

“Tenía 8 años y no entendía nada. Veía miles de personas caminar por la calle, vestidos de blanco y con delantales llenos de sangre y grasa. Parecía un gigantesco hospital a cielo abierto. ¿te imaginas lo que era ver a 15.000 personas yendo y viniendo por estas 6 cuadras?”. Beto se queda en silencio, tiene los ojos cansados y una dignidad que lo hace más alto de lo que es. Miramos un perro pulgoso que hurga en la basura y deambula por la calle casi desierta que es hoy. Hay mal olor. “Son las cloacas que puso el intendente hace unos años. No sirven para nada. El gobierno de Kirchner dio plata para mejorar la calle y la municipalidad se la quedó. Por eso perdimos”, reflexiona Beto.

Mientras Beto crecía en la calle, Perón ya estaba en el exilio y Argentina ya estaba encaminada hacia ningún lugar. La industria de la carne decaía. “Yo trabajé un par de años en el frigorífico, entre el 69 y el 71, pero entre los militares, los radicales y los peronistas hicieron que todo se fuera al carajo”. Hay rabia en su voz. “El país se empezó a perder por un camino en el que sólo ganaban los oportunistas. Yo por ejemplo fui panadero, vendedor de diarios … pero de donde sacaba plata rápido era del juego”, recuerda.

Señala la última cuadra de la calle. Justo al borde del río. La llamaban zona nacional. “La vigilaba la prefectura naval, que apenas aparecía. La policía no podía entrar”. Era el lugar perfecto para las casas de juego, los lupanares y los burdeles: el reino de los oportunistas. Los chicos servían de “campana” (daban el aviso si aparecía la autoridad).

“Los políticos de ahora son iguales o peores que los que había antes”, se queja una vecina junto a un pequeño descampado a la entrada del viejo frigorífico. “Sólo les interesa hacer negocio para ellos y para su familia. Por eso estamos como estamos”.

En 1983 cerró el frigorífico Swift y la calle empezó a despoblarse. De los casi 17.000 obreros que trabajaban en las fábricas de carne ya no quedaba más que el recuerdo y los comercios de joyas, helados, soda, hielo, grapa, herramientas, alimentos, restaurantes y bares, burdeles y peluquerías cerraron sus puertas. Hasta el cine Rex que se llenaba para ver películas de Rodolfo Valentino se convirtió en un descampado triste. Y el consultorio del doctor Durand, especialista en enfermedades venéreas, cerró por falta de pacientes.

 “Mi madre murió sin conocer el gobierno de Menem” (ex presidente argentino, ejemplar de un peronismo ultraliberal que privatizó las joyas de la república y detuvo los juicios a los militares), dice Dora. New York ya era una zona agonizante que se preparaba para morir. Cerró la refinería de YPF por la privatización. “En los noventa ya no quedaba casi nada. Los frigoríficos cerrados, los comercios se morían y los chicos se iban porque no había trabajo”, recuerda Beto.

Emiliano Pasquier tiene 26 años y es periodista en Berisso. Justo antes de la crisis de 2001, la caída abrupta del gobierno radical de Fernando de la Rúa y la debacle del país, paseaba con su abuelo cuando la calle ya era un fantasma. “Me pareció un lugar feo. De chico siempre escuchaba que la Nueva York había sido el centro de la ciudad y me parecía insólito”.  Como los chicos de su generación, Emiliano sólo conoció las ruinas.

“Durante 2001 en la New York hubo cuatro comedores populares donde los chicos iban a saciar el hambre. La miseria era absoluta” recuerda Beto. “No se acercaban ni los repartidores de pizza: esto era la boca del lobo y se quedaban sin moto mientras entregaban una de muzzarella”.

Emiliano me enseña la “Mansión Obrera”, una red de callejones donde vivían los obreros. Al fondo de uno de ellos está Vero, una muchacha activa que participa en una radio comunitaria y lucha por recuperar la calle. “Lo mejor que podemos hacer es organizarnos nosotros mismos”, dice Vero. “Nos sacaron el parque que teníamos y la cancha para jugar a fútbol para construir el nuevo puerto”.


Reconoce que en los últimos años la calle se empezó a recuperar, pero no por los políticos sino por gente como ella, chicos comprometidos con el barrio, que se niegan a pensar en el pasado. Desconfía de los políticos y sus promesas de campaña. “Todos dicen que harán algo para que la calle vuelva a vivir. Por no venir, ni siquiera vino Perón, a pesar de que en este lugar nació el movimiento que lo hizo inmortal”, cuenta Vero. “Como te dije”, repite Beto, “esta calle es un espejo y por ahí ahora refleja un país que está cansado de sí mismo y quiere mirar adelante, a los próximos 70 años. Sin nostalgia ni rabia”.

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