jueves, 18 de junio de 2015

"SON LOS HISPANOS, ESTÚPIDO" O EL DILEMA DE DONALD TRUMP

Donald Trump quiere ser presidente de los Estados Unidos. 

A finales de los 80 ya tuvo ganas de serlo. Y como en esa época ya había acumulado una fortuna gracias a sus negocios inmobiliarios, sus sueños presidenciales eran pesadillas para sus competidores republicanos: una chequera tan grande como la suya puede financiar cualquier campaña.

Ahora se lanza en serio. Peleará por su nominación contra otros 11 candidatos republicanos (uno de ellos ni más ni menos que otro Bush, Jeff, gobernador de Florida).

Como el mismo dice en sus consejos para tener éxito en la vida, lo importante es estar en el ojo del huracán.

Quizás por eso, o por los estudios electorales que le dicen que puede quedarse con lo más ultraderechista, blanco y empobrecido del electorado republicano o por sus propias convicciones o por todo eso, no dudó un segundo a la hora de elegir su eje de campaña: los inmigrantes mexicanos son los culpables del desempleo, de la delincuencia y de la expansión de la droga.

Trump anunció el martes su candidatura y fue directo al grano: México envía “drogas” y “violadores” a través de la frontera. Por eso, si se convierte en presidente, Trump promete construir un muro en la frontera (más de 3.000 kilómetros) y que “México lo pague”. 

FOTO. Mariachis en San Diego. Carlos Celaya
Dice desde su inmensa torre de Manhattan: “Están enviando gente que tiene muchos problemas, nos están enviando sus problemas, traen drogas, son violadores, y algunos supongo que serán buena gente, pero yo hablo con agentes de la frontera y me cuentan lo que hay”.

Trump es un hombre de negocios. Tiene fama de ser un gran vendedor. De esos que saben llegar al corazón y al bolsillo de sus clientes. Por eso es probable que si sigue en la carrera presidencial sus asesores le ayuden a entender un dilema ya antiguo para los republicanos, si es que quieren volver al poder.

Mientras la demografía hispana crece, aumenta la base electoral de los demócratas y se reduce la de los republicanos. Los republicanos se ven obligados, muy a su pesar, a construir un discurso nuevo hacia los hispanos y hacia la inmigración (el comunismo de Castro fue el centro de su discurso para el electorado cubano de Florida). Y eso sin perder el voto de un electorado blanco, conservador y empobrecido que se ha radicalizado mucho en los últimos años, precisamente por el discurso sobre la inmigración de los republicanos.

Hoy, cuando termine el día, casi 2000 jóvenes hispanos en Estados Unidos habrán alcanzado la mayoría de edad electoral. Hablamos de 700.000 potenciales electores hispanos cada año. Ese ya debería ser un argumento implacable para Trump.

La colosal potencia de voto de la comunidad hispana, a la que Obama le debe en buena medida sus dos presidencias consecutivas, fue uno de los grandes argumentos detrás de la reforma migratoria aprobada en Estados Unidos (y que hoy los republicanos quieren voltear en la Cámara de Representantes)

Los argumentos que sostenían la enorme contribución económica de los inmigrantes al país siempre fueron potentes pero nunca suficientes.

La Casa Blanca citaba, por ejemplo, una proyección de la Oficina de Presupuesto del Congreso que afirmaba que la reforma migratoria permitiría un crecimiento del producto interior bruto de EE UU del 3,3% en 2023 y del 5,4% en 2033, es decir, añadiría a la economía más de 700.000 millones de dólares en 2023, y 1,4 billones, en 2033.

Esa misma institución pronostica una reducción del déficit presupuestario de 850.000 millones de dólares en los próximos 20 años y un incremento de 300.000 millones en las arcas de la Seguridad Social.

Sin duda argumentos poderosos para los economistas y los políticos, pero mucho menos para los sectores más reacios a la inmigración, impermeables a los mensajes racionales ya que sus corazones y su orgullo están doloridos.

Es ese electorado al que Trump quiere conquistar. 

Pero los números son contundentes: los hispanos hoy deciden presidencias, le guste o no al norteamericano redneck del medio oeste. 

Estados como Florida, Texas o California tienen mayoritaria influencia de la comunidad hispana. 

En los últimos 10 años, la población hispana ha crecido un 43% en Estados Unidos y ya son unos 50 millones de personas. 

Según estimaciones del centro de investigaciones Pew Hispanic Center, unos 26 millones puede votar y según un cálculo de la Asociación Nacional de Funcionarios Latinos Electos y Designados (NALEO), de ellos, unos 14 millones podrían hacer efectivo su derecho a voto.

Sin los hispanos no es posible ganar en Florida, Virginia, Ohio y un buen número de estados y ciudades. 

Los demócratas conquistaron a los hispanos con una hábil estrategia sobre la inmigración. Los republicanos se han distanciado de los hispanos precisamente por ese tema. Algunos, como Jeff Bush, hispano parlante y casado con una mexicana, saben que sin ellos será imposible volver a la Casa Blanca. 

Comunicarse con esos votantes  no es una quimera para los republicanos: son electores prácticos, familiares, religiosos, amantes del emprendimiento, laboriosos y, casi por definición, respetuosos del lugar en el que viven. 

Pero ni Donald Trump ni buena parte de los candidatos republicanos parecen conectar con eso. Un grave error de comunicación y empatía con sus "clientes". Y les puede costar caro de nuevo.

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