martes, 6 de enero de 2015

HOUELLEBECQ EN LOS TIEMPOS DE LA DESESPERANZA

Un día le preguntaron a Hassan en su escuela del suburbio de París: “¿Cuál es tu país?”
Hassan, que tenía 17 años en ese momento, hijo de argelinos musulmanes pero nacido en Marsella, respondió con tranquilidad: “a veces, en la calle, me siento francés; a veces, en casa, me siento argelino; pero la mayor parte del tiempo me siento en medio del mar. Y es entonces cuando siento que me ahogo”.
Sentirse ahogado en medio de la nada es un sentimiento muy común en cualquier persona que haya hecho un viaje migratorio. Y cada vez más común en cualquier europeo joven tocado por la crisis.
Nos pasó a todos y nos seguirá pasando siempre.  Cuando emprendes un viaje ya no estás en ninguna orilla definida. Tan sólo flotas en medio de un mar confuso de códigos, lenguajes, costumbres y expectativas.
Si eres capaz de ser agua y fluir entre esos mundos, tu vida puede ser maravillosamente variada, colorida, rica. Si eres capaz…
La mayoría de los jóvenes musulmanes en Francia, como en el resto de Europa, no quiere ser musulmán como sus padres, ni añora los países de sus padres, que a veces ni conoce.
A los muchachos nacidos de la inmigración marroquí o argelina no les basta con saber qué es “lo bueno” (halal)  y qué es “lo malo”  (haram): hace tiempo se preguntan por qué eso es bueno y por qué eso es malo. Tampoco quieren ser franceses rubios de cuello colorado porque saben que nunca lo serán. Diferenciarse es una forma de afirmarse.
Mientras en Dresde (Alemania) 18.000 personas se manifiestan contra la supuesta islamización del país bajo la convocatoria del grupo ultraderechista Pegida y en otros países europeos, desde Suiza al Reino Unido, se expande como el aceite el miedo al Corán, el libro de Michel Houellebecq (“Soumission”)  es un fósforo encendido junto a un barril de nafta.

“Sumisión” es una novela que especula con la posibilidad de un Presidente francés Islamista en 2022. En una Francia polarizada entre la extrema derecha de Marine Le Pen y un imaginario Mohammed Ben Abbes, líder del también imaginario partido Fraternidad Musulmana. 
Abbes, apoyado por el PSF y la UMP (socialistas y conservadores, respectivamente), logra vencer a la ultraderecha. A partir de ahí, la Sorbona se llena de inscripciones coránicas y un rector casado con tres mujeres, una de ellas adolescente, para cerrar mejor el círculo del prejuicio.
Una novela sólo es eso, una novela. Pero una novela sobre el islam en la Europa de hoy ya no es sólo una novela. El libro, que se vende desde mañana en las librerías, tiene una virtud y una consecuencia.
La virtud sería la de siempre: la libertad de poder reírse de Dios, Allah, Yahvé y no morir en el intento (nada más estúpido que las fatwas lanzadas por líderes religiosos musulmanes contra creadores que cuestionan el fanatismo de la religión, desde Salman Rushdie hasta las viñetas irreverentes de Kåre Bluitgen sobre Mahoma (¡viva la blasfemia si nos hacer reír, por favor!) pasando por el asesinato del cineasta holandés Theo Van Gogh a manos de un descerebrado Mohammed Bouyeri, islamista holandés de origen marroquí.
La consecuencia, de la que la Europa bienpensante debería hacerse cargo, es que cuanto más se estigmatice al que se siente solo, más rápido se lo echa en brazos del fanatismo.
La inmensa mayoría de los musulmanes en Francia no responde ni de lejos al estereotipo de un barbudo calzado con Kalashnikov bajo su chilaba.
De los 6 millones de musulmanes que hay en Francia, más de la mitad son bastante jóvenes, viven su identidad entre un islam casero, más cultural que dogmático, y una calle republicana y laica.
Comparten lugares precarios en la sociedad: el desempleo, la desesperanza, la marginalidad. Cada vez que se sienten rechazados en las oficinas de empleo o en los apartamentos que no pueden alquilar bajan un escalón más hacia el infierno fanático. 
Como Hassan, se ahogan cada vez un poquito más y buscan su redención de cualquier manera.
Pero lo mismo sucede en el lado no musulmán. Cada vez que un obrero desempleado de Toulouse o de Rouen (pongamos un Pierre Martin corriente)  se indigna con los musulmanes rezando en la calle (una de las principales quejas en las encuestas) suele ser catalogado de racista por los partidos políticamente correctos y así, triste y resignado, corre a las filas de la extrema derecha que parece hablarle en un lenguaje que entiende: el de la contención.
Esta no es una historia de religión ni de dogma. Esta es una historia de miedo y soledad. Tanto de los muchachos hijos de la inmigración del arrabal metropolitano como de los muchachos nativos franceses sin más expectativa que una vida más pobre que la de sus padres.
Libros como el de Houellebecq, más allá de su calidad literaria, son como barcos que agitan las aguas en las que tantos muchachos como Hassan o Pierre se ahogan en un mar de insatisfacción. 
Y cada uno nada a la orilla que puede, buscando el refugio. Mientras, los partidos políticos, más cobardes que de costumbre, van haciendo sus cálculos electorales para ver qué rédito les da tanta y tanta desesperanza.    


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