sábado, 12 de julio de 2014

MALDITO INMIGRANTE, BENDITO FUTBOLISTA

Vaya uno a saber lo que pensaría Rio Mavuba mientras calentaba en el borde de la cancha.

Delante tenía 43.000 espectadores que miraban las pantallas donde su cara se hacía gigante. Era el minuto 65 del partido entre Francia y Honduras y Mavuba esperaba en la línea a que el arbitro le permitiese saltar al campo de juego.

Quizás pensó en su padre.

El padre de Rio Mavuba llegó a Marsella en 1984 en un barco repleto de refugiados que escapaban de la guerra en Angola. Francia empezaba a mostrar sus dientes al inmigrante. A costa del extranjero, la extrema derecha empezaba a ganar corazones angustiados.

Rio nació en ese viaje, en algún punto de la costa de África del Norte, en un lugar en medio del mar, lejos de cualquier orilla a la que sujetarse.

Fue apátrida 21 años hasta que un día se convirtió en una promesa del fútbol.

El fútbol era su sueño pero también su patrimonio familiar: el padre de Rio había sido un delantero de la selección de Zaire en la Copa del Mundo de 1974. Zaire pasó por aquel campeonato con pena y sin gloria: 14 goles que le metieron en su arco y sin ninguna tanto que celebrar. Pero lo cierto es que muy pocos tienen un padre futbolista en un Mundial, así que para Rio ese orgullo fue lo más parecido a un salvavidas en medio del mar. Sobre todo cuando se quedó huérfano a los 12 años. 

A los 10 minutos de haber saltado al campo de juego Rio ya estaba gritando gol. No lo hizo él, pero ese es el secreto de todo esto: el triunfo del colectivo, gracias a todas sus diferencias; las ganas de ganar con lo que cada uno sabe dar. Salió corriendo y abrazó a Karim Benzemá, autor del gol, una de las cotizadas estrellas del fútbol europeo y un hijo de argelino.
Francia explotó de alegría con los tres goles. En el fútbol no se repara en si los goles son de inmigrantes o de pelirrojos. Si son blancos o son negros. Gato negro, gato blanco, lo importante es que cace ratones. Los goles no tienen colores. Para lograrlos hay que aprovechar lo mejor del equipo. Los tres goles fueron de inmigrantes. Tan inmigrantes como aquella selección francesa Black, Blanc, Beur que llevó la gloria y la Copa del Mundo a París en 1998.

Rio Mavuba empezó su carrera como jugador por esos años. Justo cuando en la calle se extendía el desprecio por el extranjero y en la selección francesa se ponía en marcha un plan para justo hacer todo lo contrario: atraer inmigrantes al equipo nacional.

Un plan sencillo y que consistía en sustituir unas palabras por otras: en lugar de dividir, vincular; en lugar del recelo, la confianza; en lugar de aferrarse a lo antiguo, buscar el cambio; en lugar de la endogamia, el coral fértil que es la frontera.

Si hoy existiera una regla en Francia que prohibiera jugar a los inmigrantes, la selección francesa perdería 12 jugadores del plantel de 23 que llevaron a Brasil. Todavía tendrían a jugadores como Ribéry o Giroud, pero perderían a Vaane y Loïc Rémy, cuyos padres nacieron en Martinica; perdería el control del centro del campo gracias Blaise Matuidi, cuyo padre nació en Angola; perdería la defensa cerrada y leal de Eliaquim Mangala, cuyos padres nacieron en la República Democrática del Congo, al propio Rio Mavuba; perderían la distribución de Moussa Sissoko, cuyos padres nacieron en Malí; la potencia y el genio de Karim Benzema, cuyo padre nació en Argelia, al centrocampista Paul Pogba, cuyos padres nacieron en Guinea, y al centrocampista Matthieu Valbuena, de padre nacido en España.
La selección refleja la variedad del país, es cierto. Y el fútbol es un deporte popular y un camino para el ascenso, también.
Pero lo interesante del caso es que la presencia de inmigrantes en la selección francesa fue el fruto de un programa pensado, planificado y ejecutado con intenciones concretas. Un programa para aprovechar el talento diverso que juega a favor de los triunfos. Una estrategia pensada y diseñada para lograr que talentos distintos, orígenes distintos, actitudes distintas funcionasen como un sólo equipo. Verdaderos expertos en la traducción. Concentrados en su norte. ¿Quién podía aprovechar mejor la energía renovadora del extranjero?

De los 736 jugadores que participaron en el Mundial que está a punto de terminar, 126 son inmigrantes, nacidos en un país distinto a la selección que representan o hijos de padre o madre inmigrante.


La selección francesa sin inmigrantes
Suiza, la que avergonzó a la campeona del Mundo, España, tiene 16 inmigrantes entre sus 23 jugadores. La misma Suiza cuyos políticos compiten por mostrarse inflexibles con los inmigrantes.

La prensa titulaba una y otra vez "!Shaquiri, Shaquiri!", aclamando al héroe alpino, nacido en Kosovo. Incluso el capitán del equipo, Gökhan Inler, es turco y suizo. “Confié a Gökhan Inler, un inmigrante turco, el papel de capitán porque quería dar más importancia a los jugadores de origen extranjero en el equipo. Esta diversidad representa bien la Suiza de hoy y da una prueba de su tolerancia. Estamos orgullosos de mostrar que el país puede integrar con éxito a sus extranjeros”, dijo Ottmar Hitzfeld, entrenador nacional. Así, mientras en la política suiza, como en la del resto de Europa, se infla el sentimiento xenófobo hasta el absurdo, en la selección se buscaba lo contrario. Tal como sucedió en Francia.

Bélgica, la que puso en aprietos a Argentina, cuenta con 6 africanos entre sus 7 inmigrantes. Volvió a un Mundial tras 12 años, luego de clasificarse en Europa de manera invicta, con 26 puntos sobre 30.
¿Cómo se llegó a este equipo de cracks? Una de las razones más esgrimidas es la apertura a los hijos de los inmigrantes que pudieron probar suerte en el fútbol. El punto de partida fue la Eurocopa 2000, organizada por Holanda y Bélgica, donde los Diablos Rojos quedaron eliminados en primera rueda. De aquel dolor surgió un plan de formación de jugadores. El entrenador Michael Sablon miró a Francia, miró a Suiza y se dijo: "atraer inmigrantes, esa es la solución". Curiosa la mirada del futbolista; si un político mirase a Francia o Suiza concluiría: "expulsar inmigrantes, esa es la solución".

1. compartir un proyecto
2. entenderse con lo nuevo
3. hambre, mucho hambre de avanzar.

La fuerza física también jugó un papel. Y la fuerza espiritual del que emprende un largo viaje.
Hay en ellos viaje, adaptación, cambio y desafío. Eso no significa que los mejores deportistas sean inmigrantes. Pero sí que el ser inmigrante ayuda a traducir la diversidad, a manejarse en las diferencias y a sacar partido de todo eso. La frontera es un lugar práctico, lleno de energía, donde se va al grano, que es meter un gol o resistir un partido. Buscar la grieta, el resquicio por donde entra la oportunidad o la claridad.

El fútbol es considerado por muchos jóvenes procedentes de la inmigración como la mejor manera de lograr éxito y reconocimiento social. Las figuras identificadoras están ligadas a la inmigración, lo que incita a los hijos de migrantes a jugar a fútbol. De las más de 250.000 personas con licencia para jugar en el país, una tercera parte no tiene la nacionalidad suiza.

Los jugadores de familias inmigrantes no dudan en mostrar sus ambiciones. Quieren hacer dinero y tener éxito de manera práctica, clara, rápida. Los jóvenes suizos - y sus padres - prefieren los estudios. En términos futbolísticos, los inmigrantes salen a la calle europea con "hambre de ganar" y los locales prefieren el “juego bonito”.

Los belgas, uno de los equipos más jóvenes de la Copa del Mundo, tardaron en entrar en partido contra Argelia. Perdían, jugaban mal, estaban desorientados. Faltaba experiencia en la cancha, esa que apareció con la entrada del gigante del Manchester, Marouane Fellaini, autor de un gol y quien metió electricidad en un equipo que languidecía en la cancha. En diez minutos dio vuelta el partido y los belgas ganaron 2 a 1.

El común denominador que une a los futbolistas inmigrantes no sería, como podría suponerse, la pobreza que los impulsa al ascenso en la arquetípica y repetida historia de chicopobreconsiguellegararriba. En realidad, el común denominador de Fellaini, Kompany, Gökhan, Benzemá y de Messi, Di María O Mascherano es el viaje, es la experiencia del viaje y la flexibilidad mental que produce. Es las ganas de avanzar y la capacidad de entenderse a pesar de no conocerse ni ser cercanos.

Tanto en Francia, como en Bélgica o en Suiza, como en el Barcelona o en otros equipos, se pusieron en prácticas reglas sencillas y efectivas. Y los jugadores inmigrantes sirvieron de catalizadores:

Expresión de la globalización, la mayoría de los jugadores son migrantes, ya sea jugando por sus equipos nacionales pero residiendo en otro país (como Lionel Messi) o jugando por un equipo nacional diferente de su país de nacimiento (como Diego Costa, nacido en Brasil, quien vive en España y juega por España), o ambos (como Miroslav Klose, nacido en Polonia, quien vive en Italia y juega por Alemania).


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