martes, 29 de julio de 2014

3 LECCIONES DE UNA CRISIS: OBAMA Y LOS NIÑOS MIGRANTES DE LA FRONTERA

Hace 14 años un niño llamado Elián González llegaba a las costas de Florida desde Cuba. Era un balsero cuya madre había muerto en la travesía. Con la ropa aún mojada, Elián se convirtió en icono de una campaña impulsada por los cubanos de Miami. “Salvemos a Elián” quería lograr que el chico se quedara en EEUU, que era como meterle un gol a Fidel Castro.
Se decía que lo salvaron delfines. Iluminado por una luz celestial, la cara de Elián estaba en cada restaurante, cada cafetería, supermercado o santería de la calle 8 de Miami. La historia de los delfines hizo llorar a más de uno aunque seguramente pocos la creían. Pero en política, como pasa con la Biblia, la metáfora amplía la audiencia. Dios (los delfines) había ayudado a Elián a huir del comunismo.
Faltaban unos meses para las elecciones, Clinton se despedía del poder y Bush lo disputaba metro a metro. El caso de Elián se convirtió en un tema electoral. Los republicanos exhibían al chico como una cruzada que Estados Unidos debía ganar: “tenemos que ayudarlo a huir de Castro”. El gobierno de Clinton, demócrata, era partidario de respetar la ley, que dice que el niño debe estar con su padre Juan Miguel González, en Cuba.

El uso electoral fue escandaloso. 2300 demócratas dejaron el partido porque estaban en contra de la posición de Clinton. Temían perder sus puestos en Florida si no se pronunciaban en favor de que Elián se quedase. Los republicanos hablaban de “milagro”, de “señal divina”, de “ayudar a los cubanos a ser libres”. Nadie en Florida se olvidaba de pedir “Salvemos a Elián”. Aunque eso vulnerara las leyes norteamericanas y varias convenciones sobre menores. Las elecciones estaban tan cerca y Florida era tan importante para ganar…
El periodista Richard Cohen en su columna del Washington Post escribía “Elián y Juan Miguel González, hijo y padre. El primero es un niño inocente.
El segundo un hombre al que le quitaron a su hijo. Elián se ha comportado como un típico niño de seis años, Juan Miguel como un típico padre. Y la mayoría de los políticos como típicos idiotas.”
Algo parecido podría escribir hoy Cohen sobre los políticos que declaran en la crisis que enfrenta Obama por los 57.000 menores en la frontera con México.
Más de 57.000 menores entraron en Estados Unidos ilegalmente desde octubre. Solos, recorriendo distancias formidables desde San Pedro Sula en Honduras, montan sobre La Bestia, un tren que recorre México y los coloca en las fauces de los coyotes para atravesar el Valle de Río Grande en busca de su madre o su padre, generalmente un inmigrante irregular en Los Ángeles o en Tucson.
La crisis deja 3 lecciones interesantes para cualquiera que enfrente una crisis:
1) La gente sabe lo que quiere en una crisis: soluciones. Y como los políticos suelen querer rédito electoral, las encuestas condenan por igual al que gestiona mal la crisis como al que se aprovecha de ella descaradamente:
Una encuesta de The Washington Post-ABC News muestra  una desaprobación pública generalizada tanto para el presidente Obama como para los republicanos en el Congreso.
Si bien los americanos no aprueban la lentitud de Obama en reaccionar o su falta de claridad respecto a lo que se va a hacer con los niños, tampoco aprueban a los republicanos que acusan a Obama de inepto.
Una sola medida de Obama, una asignación de 3700 millones de dólares para las zonas de frontera, rechazada por los republicanos, es aprobada claramente por la gente. La gente se enoja con los que sólo meten palos en la rueda.
2) Sin previsión, cualquier crisis es peor. Cómo un servicio de inteligencia capaz de espiar las conversaciones de varios presidentes del mundo no puede tener previsiones sobre avanzadas en la frontera es un misterio. Lo cierto es que los republicanos —e incluso algunos demócratas- han acusado a Obama de no haberse percatado antes de la crisis que estaba por venir.
Una muestra de esto es su estrategia para convertir la reforma migratoria en su gran última medalla. Hasta ahora, la política de inmigración de Obama y los demócratas se vio como una propuesta positiva. Es más: un activo electoral que brinda el apoyo permanente de hispanos y otras colectividades. Una reforma migratoria impulsada por los demócratas los corona en gran parte del electorado. Y el bloqueo de los republicanos los puede hacer aún más antipáticos para la fuerte población hispana. Pero con la crisis actual en la frontera suroeste, las cosas cambiaron. Sus compañeros demócratas de los estados fronterizos ven en todo este lío un riesgo para sus ambiciones. Elegir la reforma migratoria como gran asunto del mandato sin tener completo control de los temas que afectan a la frontera es una lección útil para una crisis: el campo de juego que elijamos debe ser favorable porque lo conocemos, lo trabajamos, lo estudiamos, lo sentimos y lo controlamos.
3) Como se cuenta una crisis es como se soluciona una crisis. Los consultores están para que no se les haga mucho caso. Salvo a George Lakoff. Con su libro “No pienses en un elefante” recordó a los políticos su materia prima: la palabra. Y si usas las palabras de tu adversario es posible que tengas que debatir de lo que el quiere. Los republicanos lograron instalar esta crisis como un problema de “seguridad en la frontera”, lo que es favorable para ellos: un conservador aparenta garantizar mano dura en la aduana. Los demócratas han tardado semanas en modificar una palabra por otra intentando reenfocar el debate: No son inmigrantes, son refugiados. Lo que permite darle solución legal y trata de cambiar la orientación del debate hacia los valores americanos de hospitalidad y oportunidad. Está por ver que el intento dé resultado. Pero es una buena apuesta.

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