viernes, 20 de junio de 2014

MORIR POR UNA DEUDA

El sábado pasado Marcelo Barrios debía estar más o menos contento. Al día siguiente la selección argentina iba a jugar su primer partido en el Mundial de Brasil. Además, era el día del padre. Un domingo de fiesta con sus hijos para olvidarse de los problemas, de las cuentas y de las deudas. 

Hasta el pasado 15 de junio, Marcelo Barrios vivía con sus hijos menores en una casa humilde del barrio del puerto, en Mar del Plata, un balneario con pasado elegante, a unos 400 km al sur de Buenos Aires. A Mar del Plata la llaman "La Feliz" porque en los largos veranos de hace 80 años la ciudad se convertía en un escaparate para los brillos de los porteños acaudalados y presuntuosos. Y en esa feria de vanidades, el barrio del puerto era una frontera molesta donde se hacinaban pobres pescadores italianos, pobres empleados españoles que trabajaban en el puerto y pobres anarquistas, a quienes se les hacia agua la boca observando coches lujosos espléndidamente dinamitables.  

Siempre fue un lugar más bien olvidado, con fama de violento y pendenciero, como suele pasar en cualquier puerto. Pero también era un lugar donde los vecinos se hablaban, se conocían por su nombre y, a veces, se ayudaban. Eso pasaba hace muchos años, aunque en un barrio como este el pasado y el presente se confunden en historias sublimes de héroes de la esquina y miserables historias de desconfianzas y usuras.

Pequeñas historias miserables, como la del sábado pasado, cuando Marcelo Barrios se encaminó a la carnicería para recoger un kilo de carne fileteada para milanesas y terminó muriendo con dos tiros en el abdomen por una supuesta deuda de 6 dólares.

Una deuda es una deuda, eso es cierto. Y el barrio está complicado. Ya nadie confía en nadie. Hay robos, mucha gente con armas y los comerciantes, cuando pueden, guardan un revólver cerca de la caja. Y los vecinos piensan que está bien, que de alguna forma hay que defenderse.

Estos parecen ser los hechos según la policía: Marcelo llego a la carnicería bien entrada la tarde. Solicito el kilo de milanesas que había encargado previamente y le aseguró al hijo del carnicero, un chico de 25 años que atiende el negocio familiar, que ya se lo había pagado a su padre.

Pero el chico no le creyó. Ya nadie tiene palabra. Empezaron a discutir. Un grito acá, un insulto allá, una amenaza va y otra viene. Marcelo le aseguró de nuevo que tenía el comprobante en su casa. Ahí quedo la cosa, en tensa calma entre presunto deudor y presunto acreedor.

Marcelo Barrios regresó a su casa. Quien sabe qué pensaba. Quizás estaba indignado porque el hijo del carnicero no confió en él y aunque el país se venga abajo él es hombre de palabra. O quizá no. Quizás se pasó la mano por la frente, aliviado: zafó un rato de la deuda. Una picardía muy nacional.

El hijo del carnicero cerró el local, se encaminó a la casa de Marcelo y, por su parte, tenía sus propias reflexiones. Quizás se dijo: "a mi no me vas a mentir". Quizás buscaba el escarmiento. O cobrar lo que consideraba que debía cobrar. Quizás simplemente se ofuscó y no quiso o no supo o no pudo reprimir la venganza. 

Imposible saber las intenciones que tenía cada uno.

Lo único que conocemos son algunos hechos. El hijo del carnicero recorrió los 300 metros que hay entre la carnicería y la casa de Marcelo, llevaba un calibre 32 en la cintura y Marcelo contaba con un cuchillo. También sabemos que entre la opción de hablar y la de matarse, eligieron la segunda.

Carlos Eyharbide, el hijo del carnicero, disparó dos veces su revólver y le hizo dos orificios a las tripas de Marcelo. Después salió corriendo de la casa y ahí se quedó Barrios, tendido en el suelo, encharcado en su sangre, los hijos llorando, su amiga desesperada y el primer auxilio de un vecino que acudió en su ayuda. Las milanesas se quedaron en la heladera y al día siguiente Argentina gano por 2 a 1 a Bosnia. Carlos corrió y corrió. Se fue con su revólver calibre 32 y seguramente la convicción de haber metido la pata hasta el fondo. ¿Por qué no le pegó una trompada solamente? es una pregunta que quizás se haga su padre. O no.

Carlos se entregó el pasado lunes. Cuando sus abogados lo acompañaron a la Fiscalía, esgrimieron su defensa: "hay mucha inseguridad".

La inseguridad desvela a la sociedad argentina. Es normal que diarios, noticieros y páginas web coloquen en sus primeras páginas sucesos que en otros países irían en una sección secundaria de policiales o sucesos.

Según varias encuestas, entorno al 80% de los argentinos se siente inseguro en las calles y un 40% se siente inseguro en sus casas. Además, la mayor parte de la gente cree, desde hace apenas unos meses, que el origen de este clima de riesgo y peligro está en el narcotráfico.

Hoy, en Argentina, no hay propuesta política que se precie y que quiera competir electoralmente que no haga declaraciones sobre la inseguridad y el papel del narcotráfico. 

El gobierno se propone reformar el código penal mientras la oposición reúne firmas para que la reforma consista en endurecerlo, se exhiben inversiones millonarias en patrulleros y equipos para la policía pero hay comisarías que incluso han cerrado porque son asaltadas por los delincuentes. Muchos agentes compran con dinero de su bolsillo los chalecos antibalas o se quedan sin gasolina en las rondas. Se propone disparar a los aviones sospechoso de  ingresar drogas en territorio nacional pero lo cierto es que los radares de frontera apenas si funcionan. Se deposita en las cámaras de seguridad la gran esperanza de combatir el delito, con esa tendencia tan nuestra a combatir los dolores con pastillas y no con diagnósticos.

A un año de las elecciones, todos los partidos se esfuerzan en tener un sueño para una de las grandes pesadillas argentinas, la inseguridad.

Pelea en El Salvador, uno de los lugares más violentos de un continente violento ARCHIVO–END

Pero, ¿cómo registramos con las cámaras la propensión a la violencia?, ¿cómo detectamos con radares las dificultades para dialogar y arreglar los problemas pacíficamente?, ¿cómo repelemos las sutiles agresiones diarias que alimentan el resentimiento con chalecos anti balas?

Los datos dicen que Argentina no es mucho más insegura que Chile o Uruguay, por ejemplo, dos naciones bastante tranquilas en comparación con Brasil, Colombia, Venezuela o México. Su tasa de homicidios, la cantidad de robos por habitantes y otros indicadores que sirven para medir el delito, no indican un país especialmente peligroso. 

En 2012 murieron 955 personas en Buenos Aires, el conurbano y La Plata, lo que significa 7 personas cada 100.000, lejos de las 12 personas cada 100.000 que mueren en San Pablo o las 33 cada 100.000 que mueren en Medellín o las 60 cada 100.000 en El Salvador, uno de los lugares más violentos en un continente violento.

Pero si hay miedo, los datos no importan. La cuestión es el miedo, no el número. Y así, en cualquier reunión de vecinos en un barrio común del conurbano de Buenos Aires, uno se lleva la sensación de que cualquier vecino que ose asomar su cabeza a la calle argentina corre el riesgo de que se la arranque un malvado.

El miedo, en realidad, está en el cuerpo, mucho más que en las calles.

Un dato poco usado, conocido y difundido en los medios es este: Una pelea por una deuda, una discusión con el vecino por una medianera, el enojo violento con un familiar tras una comilona bien regada en vino son las causas que están detrás de 42 de cada 100 homicidios en Buenos Aires y su conurbano (unos 15 millones de personas), según afirma el Informe de la Corte Suprema argentina presentado a finales del año pasado con datos de 2012. Uno de cada diez homicidios se produce en la familia.

La violencia, más que la inseguridad, barniza muchos pequeños y grandes comportamientos. Es un clima, una sensación térmica, tan sutil como una mirada y tan contundente como un balazo.

Está en el insulto en la punta de la lengua por cualquier motivo. En el coche de vidrios oscuros que nunca para en el paso de cebra. En el afán de adelantar todas las colas y con cualquier excusa. Está en las colas mismas, largas y exasperantes en oficinas públicas antipáticas. Está en los bocinazos de impaciencia en la calle. En la pelea por el ruido del aire acondicionado. En el tono imperativo. En la falta de explicaciones para casi todo. En los exabruptos y contradicciones frecuentes de los dirigentes políticos. En la sensación de indefensión ante los delitos. En la normalidad con la  que se asume la pequeña corrupción y la impunidad de la grande. En los casi 11 millones de armas que circulan con toda comodidad por las casas, las calles y los cinturones de muchos argentinos. Son eslabones, unos más sutiles que otros, que forman una cadena de violencia donde el victimario fue víctima, la víctima quizás sea victimario, y así sucesivamente. 

La historia de Mar de Plata podría haber terminado de otra manera. Marcelo y Carlos podrían haber aclarado mejor las cosas. Seguramente ninguno de los dos era mala gente ni merecía su destino. Marcelo en la morgue y Carlos preso. Marcelo podría haber prometido que pagaba su deuda, si es que la deuda existía. El carnicero podría haberle fiado, si es que Marcelo no podía pagar. O detenerse a pensar antes de gatillar el arma. En cambio, entre los dos prefirieron asesinar la conversación. Seguramente el camino más corto para ambos. Para hablar y entenderse hay que entrenarse y eso es algo que hace tiempo no practicamos. 




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