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ARGENTINOS, ¿QUÉ MÁS QUIEREN?


En el laberinto de los 19.320 términos que empleó Cristina Fernández de Kirchner el sábado pasado en su discurso ante el Congreso sobre el estado de la Nación no encontramos la palabra esperanza. 

Abunda, hasta en diez ocasiones al menos, la palabra “pasado”. Y varias más la palabra “memoria”.  Ni que decir de “2001”, que más que un año es un talismán en Argentina que garantiza el estremecimiento popular por el recuerdo de la mayor crisis económica del país.



Cristina Fernández de Kirchner bajo el reloj del Congreso

“La gente no tenía nada para enchufar. Ahora han comprado de todo para enchufar: enchufan lavarropas, aires acondicionados, heladeras nuevas, plasmas de televisión, secarropas, planchas nuevas... (Aplausos.) Y está fantástico. Pero antes no tenían nada para enchufar porque, además, muchos ni casas tenían donde enchufar (Aplausos)”, nos recuerda la Presidenta, mirando al pasado y casi exigiendo agradecimiento.

Recordar a alguien lo miserable que ha sido y lo agradecido que debe estar por lo que tiene ahora es optativo: puede ser todo un acierto pedagógico o un miserable golpe bajo. Pero en la comunicación política es obligatorio. Sin comparar  no se puede elegir. A un lado, el abismo, al otro lado la salvación. Detrás de mí, el caos. Conmigo, la redención.

No hay relato sin metáforas. Y en el relato del llamado modelo kirchnerista las metáforas del poder son claras. 

Néstor es un héroe o un guerrero. 2003 es el inicio de un viaje hacia el paraíso y Cristina Fernández es la princesa inspiradora a la que la vida convierte en soberana. Argentina, una hija ultrajada y humillada: “éramos unos parias” en el escenario internacional, dice en su discurso. Su gobierno es un viaje a través de obstáculos, subiendo altas montañas y enfrentando peligrosos enemigos que acechan. Un viaje al final del cual está la recuperación del honor.

“Un hombre sentado en este mismo lugar en que yo me encuentro, le anunciaba al pueblo de la Nación nuevos paradigmas en materia de política (…) ya no en función de lo que dictaran los grandes grupos económicos, sino de lo que votara el pueblo en elecciones libres, populares y democráticas. (Aplausos)", declama la Presidenta.

La fuerza del relato kirchnerista estaba en que establecía una meta. La interminable y aburridísima lista de datos que enumeró muestra invariablemente índices positivos de la recuperación tras el hundimiento de 2001. Esa era la meta en 2003: recuperarse. “Él me decía siempre: ¿sabés qué pasa? Cuando yo llegué, todo pendía de un hilo; si alguien se movía un poco o corría un poco cualquier cosa de lugar, todo podía derrumbarse” nos recuerda ella. Otra más de las numerosas pruebas que el destino puso en su camino para calibrar su madera de líderes míticos.

Pero recuperarse, en sí mismo, no es un objetivo, salvo tras una crisis. Once años de convalecencia apelando al año 2001 terminan por agotar las metáforas del relato. 

Y así, la maraña de datos y más datos de millones de zapatos vendidos, récord en consumo de gaseosa (¿un éxito, en serio?), 1 moto cada 64 habitantes y “miles de pymes” se va elevando como una muralla que impide ver el conjunto.

La pobreza es un buen ejemplo. Uno que le importa a Cristina Fernádez de Kirchner: el discurso de la presidenta menciona las altas tasas de pobreza en 2001 y la reducción sustancial producida bajo el mandado de Él y de Ella. 

Pero lo cierto es que punto más o punto menos, uno de cada cuatro argentinos hoy vive en la pobreza, al menos, que es más o menos la misma proporción que había en los años 90 e incluso algo mayor que la que hubo en los 80 (salvo en la crisis de la hiperinflación del 89). 

Un largo recorrido para llegar al mismo lugar de partida. 

El empleo, otro de los asuntos estratégicos de su modelo, también es un ejemplo.

El trabajo precario o irregular sigue ocupando a más de un tercio de la población activa, más o menos lo mismo que en los 90 y algo más que en la década de los 80. 

La revolución energética no impide que haya millones de argentinos sin gas natural y los apagones sean tan evocadores del pasado como siempre han sido. El "crecimiento con inclusión más virtuoso de los últimos 200 años (aplausos)" tampoco impide que millones de argentinos carezcan de cloacas o un 39% de los jóvenes viva en la pobreza.

Uno tiene la desesperada sensación del protagonista del Planeta de los Simios, cuando encuentra restos de New York cubiertos por la arena y se da cuenta de que ese lugar es el mismo lugar del que partió al iniciar su viaje. No hay salida.

A diferencia de otros discursos políticos de la Presidenta, en éste se deduce que su tiempo ya finalizó porque la tarea ya está cumplida y no queda mucho por hacer. No hay una invitación a pensar en el futuro, no hay una invitación a la ilusión y lo más llamativo es que no hay ni siquiera intención de generarla.

Más bien en su discurso se detecta cierto aroma de cansancio enojado, de  hastío por la incomprensión. 

Como si pensara "¿qué mas quieren? Les dí televisiones, aire acondicionado, coches, casas".  “Estamos acá para solucionarles la vida a los ciudadanos”, dice en su discurso, adquiriendo los rasgos de la soberana que cree poderlo todo y se enoja si no ve gratitud. 

Perfecto para un cuento. Y muy arraigado en el imaginario clientelar argentino. Trágico para una democracia de adultos con una edad media de 30,1 años.

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