miércoles, 5 de febrero de 2014

ARGENTINA EN EL TREN DE LA DEVALUACIÓN


Al ferrocarril que viene de Tigre (en el norte acomodado del extrarradio de Buenos Aires) algunos lo conocen como el tren de los chetos. Éste y otros 23 ramales organizados en siete líneas transportan cada día un millón y medio de personas desde el extrarradio de Buenos Aires hasta el centro mismo de la capital. A diferencia de todos los demás ramales, el tren que viene de Tigre viene de la “zona norte”, una denominación que evoca elegancia y alcurnia. Para muchos viajeros es, sencillamente, un tren de lujo.


Desciende desde las más altas rentas por metro cuadrado de la Argentina, circula durante 50 minutos por una vía que te muestra muchas caras del país y termina en la estación de Retiro, en pleno centro de la capital. Termina en una gran disyuntiva: a la izquierda, la llamada Villa 31, un aglomerado de casas precarias e informales con 250.000 personas en el centro de la capital y que lleva 80 años en construcción. A la derecha el barrio de la Recoleta, uno de los más caros del país. Según el lado al que mires o por el que camines, Argentina puede ser un lugar muy distinto.

No se puede decir que el Mitre sea inmune a retrasos, averías, óxido, goteras, corrosión, descarrilamientos, fallas de frenos, de señales, de pasos a nivel o problemas en el aire acondicionado, tal como sucede en el resto de los descompuestos trenes argentinos.  En horas punta encajona en cada vagón decenas de apretujados seres humanos, el doble de lo que se permite. El billete cuesta los mismos insignificantes e insostenibles 3,5 pesos, unos 30 centavos de dólar. Pero como las puertas de los vagones se suelen cerrar, no hay olor a marihuana, más o menos te transporta y una parte de sus pasajeros forman parte de la blanca y acomodada Zona Norte, la conclusión generalizada es que en este tren uno no se puede quejar demasiado. No es mucho requisito en la Argentina de hoy, pero así de bajo está el listón. Con llegar a tiempo y sin sobresaltos a la estación terminal los viajeros ya se dan por conformes.

En la Argentina que se encamina hacia su enésima crisis que las cosas más básicas funcionen se ha convertido en algo a celebrar. Los cortes de luz, los desabastecimientos de agua, las lluvias que se convierten en catástrofes,   los inundados que esperan inútilmente ser evacuados, las escuelas paradas durante semanas o los policías autistas  ante casi todos los delitos contenidos en el Código Penal son parte del paisaje de una nación  devaluada que parece agradecer con resignación hasta lo que le corresponde por derecho. “Cada argentino tiene que actuar en defensa propia”, ha dicho Jorge Capitanich, el Jefe de Gabinete del Gobierno argentino. Aquella Argentina Potencia, dorada y brillante, hoy parece desgastada y corroída.

En el trayecto desfilan estudiantes que empiezan a preocuparse de su futuro y albañiles que empiezan a no llegar a fin de mes, abuelas rubias de ojos claros sorprendidas por un país cada vez más “latinoamericano” y madres morenas que vienen de provincias que siempre fueron "latinoamericanas", empleados de oficina que ya no encuentran televisiones en 12 cuotas por culpa de  la inflación o pequeños contratistas a los que cada vez pagan más tarde, madres de 17 años con un par de niños en procesión a recibir un subsidio por tener hijos y muchachos a la deriva dejándose llevar por el tren a cualquier destino. 

Al fondo van pasando por las ventanas del tren las casonas de principios de siglo XX de San Isidro, elegantes, ajardinadas y a veces subvencionadas; los altos y flamantes edificios de Vicente López, parte del esplendor inmobiliario de los últimos años y que eliminó el Río del horizonte,  las humildes casas de Virreyes o Victoria junto al cementerio de trenes oxidados donde hace 100 años ingenieros ingleses construían el ferrocarril hasta llegar, al final del recorrido, a las casuchas  precarias de la Villa 31  En un solo trayecto, casi todas las escalas de la renta per cápita del país y casi todas las normas  y lógicas que se puedan pulverizar.

Pero con todo, en esta Argentina de rubios y morenos, de ricos y de pobres, de villeros y de hacendados, de inmigrantes de adentro o de inmigrantes de afuera, la mayor división parece no ser la renta, ni el color de pelo o de piel, ni siquiera el lugar donde se vive, ni el equipo de fútbol.

Cuando un tren se atrasa y estalla el enojo y las discusiones, la vida parece dividirse en dos: para unos, esto es lo que hay amigo y mejor es no  te quejes; enfrente están los otros, los que empiezan a pensar que las cosas ya no pueden ser como son en Argentina: discrecionales, arbitrarias, caminando siempre por atajos.

Pobres y ricos que viven de favores y pobres y ricos que viven de su trabajo; gente de abajo que emprende micronegocios a los que atosigan con impuestos y gente de arriba que disfruta subvenciones en servicios, combustible barato y créditos al consumo; pobres encadenados a una subvención permanente por tener hijos, por ir a la escuela o para conseguir un empleo y gente mejor acomodada que pelea por sacar adelante negocios y familias con una inflación que crece como una vieja pesadilla. 

Algunos vendedores ambulantes del tren tienen 16 ó 17 años. Nacieron al final de la década de Menem, justo cuando Argentina empezaba a intuir que tocaba pagar una gran factura. Crecieron con mujeres rubias y neumáticas que sólo podían ver en la TV, con un presidente que se paseaba en un Ferrari rojo aunque ellos sudaran para comprar una bicicleta, con fortunas que se construían en unos pocos años gracias a información privilegiada y uso patrimonial del poder. Vieron como sus padres envejecían conservando tanto su dignidad como su pobreza y escuchando una potente voz social que les repetía: fracasado. 

Para ellos Argentina siempre fue esto: un tren oxidado porque sólo viajan los pobres, una inmensa extensión de impunidad donde gana el que más tiene y un país donde al 80% de la población le sale ojeras por llegar a final de mes. Sus padres también vendieron en trenes y colectivos. Y a veces sus abuelos. Si la esperanza de vida entre ellos fuera suficiente podrían reunirse varias generaciones de vendedores ambulantes en una misma mesa de domingo y preguntarse: ¿qué pasó con nuestro esfuerzo?

Uno de los vendedores recuerda a los viajeros que está rehabilitado, que dejó el paco (pasta base de coca), la fiesta y la navaja. Así que aunque un cartel bien legible advierte “Prohibida la Venta Ambulante” todos los que viajamos concluimos que lo preferimos vendedor a delincuente. Acá la regla se acomoda a la medida para que todo mida siempre lo mismo.

Se oye la voz de Juan, un rapero de unos 25 años. Es flaco, rapado y muy simpático.  Recorre cada vagón cantando un par de canciones que le salieron redondas. Es fácil encontrarlo varias veces. Quiere triunfar. “Cuántas veces se puede caer uno”, dice en su estribillo.

Para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner Juan es uno de los hijos del “neoliberalismo”. Pero en realidad, es hijo de una de las tantas caídas a las que se suele someter el país no se sabe si por puro placer masoquista o por un defecto esencial de fabricación.

Cuando termina sus canciones y no escucha los aplausos, los reclama.  Larga siempre un discurso más o menos así: “hagan de cuenta que les gustó y aplaudan, así al menos me voy orgulloso de mi canción”. Siempre gana: recoge una buena cantidad de aplausos y algunas monedas.  Cojea un poco al caminar. “No quiero que me den nada gratis”, le dijo una vez a una de esas hermosas señoras de ojos azules que lo miró maravillada, capaz de reconocer en él su gusto por el trabajo bien hecho. Casi nadie le presta atención. Cada uno viaja hacia o desde sus problemas y no pocos están concentrados en diarios que anuncian crisis e incertidumbre. “Cuántas veces se puede caer uno”, diría Juan.


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