miércoles, 15 de enero de 2014

PRISIONEROS EN LA REPÚBLICA DE LOS PREJUICIOS


Una vez discutí con mi vecino en plena calle. Nos insultamos, nos gritamos y todo eso delante de su hijo pequeño y de mi hija, ella ya grande, pero ruborizada ante el espectáculo deplorable de dos seres humanos adultos vociferándose barbaridades. El detonante fue el horario oportuno para sacar la basura. Compartimos el mismo cesto y eso obliga a compartir intereses. Yo protestaba porque mi vecino sacaba la basura en cualquier momento y él me recriminaba mi forma altanera de decirlo. 
Fuimos incapaces de mirar objetivamente la situación, incapaces de escucharnos y, por todo eso, fuimos incapaces de decir con claridad y calma qué era lo que realmente queríamos conseguir. 
Él terminó aclamando que estaba en el barrio desde hacía mucho tiempo. Yo, que no me importaba. Ambos nos metimos en nuestras casas y dimos un portazo con nuestro error en la cabeza. Detrás de la puerta pensé que, al fin y al cabo, él siempre me había parecido un simple fortachón (y seguro que peronista). Y él debió confirmar su impresión de mí como el quisquilloso que acaba de instalarse en el barrio y cree ser diferente.  No llegamos a ningún acuerdo, por supuesto. No hablamos del problema preciso ni supimos encontrar un punto “mínimo aceptable” para ambos. El asunto concreto nunca importó y ganó vuelo el prejuicio: él ve la vida de color verde y yo de color rojo, por ejemplo. Y de ahí no nos movemos.  

Cuando los argentinos estamos en otro país una de las preguntas de rigor  que te hacen es si sos hincha de Boca o de River.  Es una rivalidad tan conocida que casi forma parte de la genética patria. En cualquier país de la tierra encontramos rivalidades similares, pero en Argentina se han hecho marca de nacimiento.

Españoles y criollos, saavedristas o morenistas, unitarios y federales, campo y ciudad, peronista o radical, Soda Stéreo o Redondos de Ricotta, chetos o grasas, Ford Falcón o Chevy, neoliberal o popular, indio y gaucho, interior y capital, civilización o barbarie: de una forma u otra, acá siempre hay pelea. 

Es una pelea apasionada, sin lugar para la duda. El matiz equivale a debilidad. En la Argentina bipolar, dice Mora y Araujo en su libro, hay una “dificultad esencial para encontrar el equilibrio”.

Hinchas de fútbol y policías en pleno enfrentamiento



En la discusión argentina, entre un gobierno que parece no tener rumbo y unas alternativas que demandan “pensar en el futuro”, empiezan a proliferar términos como “acuerdo”, “consenso”, “diálogo” que parecen anunciar una nueva época. Es hora de superar las rivalidades, sería la proclama del momento. Se atribuye al último gobierno de Cristina Kirchner una polarización excesiva de la sociedad, una crispación permanente. Así que la superación de esta etapa traería un nuevo espíritu de diálogo y consenso con el que pensar el futuro del país.

Sin embargo, como nos recuerda un dicho,  “uno no ESTÁ en el embotellamiento de tráfico; uno ES el embotellamiento”. Así que aunque sea cierto que la realidad logró matar el relato, sería un error pensar que su muerte, por si sola, hará posible de repente un acercamiento sin prejuicios y una mejor manera de discutir las desavenencias entre nosotros. Llevamos marcada a fuego la incapacidad para dialogar en orden y buscar un lugar positivo para todos.

En la escuela no nos enseñan a discutir. La manera frecuente de arreglar las cosas es por medio de la fuerza. Con un poco de suerte, la batalla no se desarrolla en el patio de la escuela y con puños, sino en un aula y con insultos. Pero la esencia es la misma: cuando estamos en una situación difícil, en una crisis o en un conflicto, estamos mal entrenados para objetivar la situación, mal entrenados para escuchar con eficacia a nuestro interlocutor y, a medida que nos hacemos adultos, perdemos también nuestra capacidad para decir lo que queremos realmente, sin complejos: perdemos algo o mucho de nuestra asertividad.

Son muchos los analistas y los expertos en Argentina que postulan una agenda urgente para salir del laberinto en el que nos fuimos metiendo desde hace décadas. Desde aquel país milagroso en el que tirabas una semilla y crecía un árbol hasta la nación de hoy con paredes desconchadas y humedad en los cimientos,  hay un largo camino en bajada poblado de incapacidad para dirimir las disputas.

Objetivar, escuchar y saber decir: cada vez que nos peleamos ignoramos estas tres leyes de oro que nos permiten sacar conclusiones positivas del conflicto. Quizás, en el fondo, estemos demasiado cerca todavía de aquel empecinado español que veía la vida a través del dogma  y despreciaba la realidad por prosaica. Quizás seamos parientes mucho más directos de lo que imaginamos de aquel criollo bravo que no se tenía más que a sí mismo en medio de la inmensidad salvaje del desierto, sin más ley que su fuerza o la de su amo.

La primera ley es obvia: para afrontar la dificultad hay que objetivar la situación. Los hechos de la realidad deben ser más importantes que el prejuicio y la fábula.  Pero ahí, tenemos un problema. Si no, mire esta fotografía: Estación de Retiro. 8.00 hs. Gigantografía: “Estos son los trenes que se están construyendo”, reza el cartel mostrando unos relucientes vagones dibujados; nuevos, modernos, casi perfectos, azules y blancos. Indiferentes al mito oficial, los viajeros salen expulsados de los vagones reales, oxidados, destartalados y en ruinas. Ni reparan en los anuncios. Su viaje los deja exhaustos y rabiosos.  

En Argentina nos cuesta objetivar, mirar la realidad, tener un mapa fiel de lo que sucede. Demasiados tertulianos a la defensiva como para tener una charla honesta. Como cuando durante los apagones eléctricos que afectaron a unas 800.000 personas en Buenos Aires, Jorge Capitanich, flamante Jefe de Gabinete del Gobierno, afirmó que el servicio funcionaba "casi con normalidad".

La segunda ley tiene que ver con la primera y trata de saber escuchar y hacerlo de una forma activa.  Escuchar de verdad. Si no escucho, ¿cómo voy a saber lo que piensa mi interlocutor?, ¿cómo voy a convencerlo de algo sin entender cómo procesa las ideas? Por supuesto, también en esto tenemos un problema. En los debates políticos observamos lo mismo que en la calle: mientras uno habla, el otro mira el reloj.  ¿Para qué escuchar si ya sé lo que quiero decir? Prisioneros de un individualismo que se plasma hasta en las veredas de Buenos Aires (cada uno la hace a su gusto), a los argentinos nos gusta mirarnos hacia adentro, refugiarnos en verdades sencillas y consabidas: los peronistas arruinan el país, los radicales son lentos, los acreedores extranjeros son buitres, las cosas acá se arreglan con  dos alambres y el domingo comemos fideos. 

Cuando vimos a Cristina Kirchner bailar alegremente para celebrar los 30 años de democracia mientras los saqueos se llevaban varias vidas por delante, vimos una metáfora de esa forma peculiar de gobernar y vivir sin prestar atención a lo que sucede. Repare en la información internacional que se da en los noticieros y verá qué poco nos importa lo que pasa afuera.

La tercera ley parece la más sencilla de todas, pero es en realidad la más difícil: decir lo que se quiere. Saber decir si o no, sin que por ello suframos. Saberlo hacer sin recurrir a la fuerza. “Argentinos, a las cosas”, decía Ortega y Gasset. Es mucho más frecuente encontrarnos dando vueltas y vueltas a los debates que caminando lenta y firmemente hacia los objetivos.   

Quizás por eso preferimos hablar de los síntomas (inflación, devaluación, informalidad laboral, pobreza) en lugar de la enfermedad (deficiente funcionamiento de las instituciones, baja calidad de los líderes , endogamia y nepotismo, baja productividad o injusta distribución de la riqueza del país.

Quizás el fin del relato traiga el diálogo pero como llevamos demasiado tiempo viviendo con nuestros fantasmas, acostumbrados a la ley de la supervivencia,  a proteger el territorio propio con fuerza y una dosis de mitos, convendría empezar a fijarnos en lo importante que es la forma para llegar a un buen fondo. 

Para empezar podríamos registrar con prolijidad la larga lista de mitos y prejuicios de la que nos alimentamos periódicamente y que nos dejan cada vez más anémicos. Quizás descubramos con sorpresa que la riqueza no es infinita, la semilla no siempre da un árbol, con el alambre ya no arreglamos un tren, los políticos no son los únicos responsables de todo y Gardel ya no canta cada día mejor sencillamente porque está muerto. 

La historia con mi vecino terminó bien. Apareció un enemigo externo y eso nos unió: un robo en la esquina de casa nos encontró una noche sumando fuerzas para pedir a la municipalidad más iluminación en la calle. 

Al final, pedir una farola entre todos puede dar más cohesión que un discurso. 

























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