jueves, 26 de diciembre de 2013

YO, ARGENTINO


Una mujer desesperada se queja ante la cámara de televisión. Hace seis días que no tiene luz ni agua en su casa. La comida se descompone en su cocina, el calor es insoportable sin un ventilador apenas y tiene que bajar cuatro pisos a recoger agua de un surtidor para después volverlos a subir escalón tras escalón en un edificio a oscuras. La compañía eléctrica no responde. El poder político, tampoco. No vive en un punto alejado de la capital, ni en una ciudad olvidada de una provincia del norte argentino. Está en uno de los barrios céntricos de Buenos Aires que viven estos días de bochornoso calor una muestra más de la descomposición del país. Como la comida en una heladera apagada, lo público se fue pudriendo irremediablemente en Argentina






Acompañada de una sinfonía de cacerolazos y gritos contra el gobierno y las compañías eléctricas, la mujer relata al periodista la propuesta que le hizo un funcionario del Ente Regulador de la Energía Eléctrica (el organismo que controla el servicio y los cuantiosos subsidios que se otorgan a estas empresas) ante los cortes de luz: “Y, ¿qué quiere que le diga? Corten la calle a ver si les hacen caso..."





2013 empezó con inundaciones en la ciudad de la Plata que arrastraron unos 40 muertos y mostró hasta que punto los dirigentes políticos eran ineptos para la previsión, lentos en la reacción, insensibles en la relación con los ciudadanos y altamente incapaces para la solución en una situación de crisis.





2013 termina con otro escenario de crisis en el que se mezclan 38 grados de temperatura, apagones y cortes de agua en casi toda la capital y la resaca de unos extraños saqueos durante una huelga policial en 15 de las 23 provincias de país con un saldo de una treintena de muertos. Todo el año ha sido una trágica metáfora de cómo funciona hoy el mecanismo del Estado en la Argentina: cada situación de conflicto es contestada con un levantamiento de hombros y un “¿qué quiere que haga?” que desorienta e indigna.





En Argentina existe un modismo que resume bien el espíritu con el que los dirigentes responden a las quejas de los ciudadanos: “Yo, argentino”. Es un sinónimo de “yo no me hago responsable”. Es una forma de desentenderse. El origen es confuso pero algunos lo atribuyen a la fórmula que usaban los argentinos en Europa durante la I Guerra Mundial como exhibición de la neutralidad del país. Yo, Argentino es, ahora, toda una declaración de irresponsabilidad sobre los actos.





Aunque la democracia vive horas bajas en todas partes del mundo, hay cierto intento de empezar a establecer una relación más madura con los ciudadanos. Los manuales políticos más modernos recomiendan saber manejar el lado emocional de los electores, comprender sus angustias y sus reclamos más precisos; aconsejan argumentar y explicar, porque el ciudadano quiere ser tratado con la inteligencia que tiene. Todo eso, en Argentina no hace falta.





Sorprende que, ni siquiera por la atención debida a las encuestas de imagen,los dirigentes políticos parecen no sentirse ni rozados por la responsabilidad de rendir cuentas y dar explicaciones de sus actos. Se han visto generadores eléctricos instalados en las calles donde viven políticos. Se ha visto en algunos barrios la reanudación del servicio eléctrico sólo durante el tiempo que duraba un reportaje en la televisión y por la amenaza de las cámaras.





Esa desfachatez en mostrar la capacidad de influencia propia y la indiferencia ante los problemas de los demás, que no tienen influencia, sólo es posible cuando ya no hay razones para sentir pudor. Es la sensación previa a un hundimiento. Que cada uno encuentre su salvación como pueda. En Argentina  rige ya sin impunidad una regla perversa: el capitán primero; mujeres, ancianos y niños, al final.





Entre el gremio de los expertos en el lenguaje corporal, se le atribuye al argentino David Éfron la recuperación de la ciencia que estudia los gestos. Los que sabe, dicen que hay un patrón gestual que identifica a los argentinos. como a otros pueblos. Son gestos que todos entendemos. En nuestro caso es levantar los hombros, hundir el mentón, arquear la comisura de los labios y pensar ¿y a mí qué me decís?

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