martes, 10 de diciembre de 2013

SAQUEO AMIGO

Al lado de mi casa hay un supermercado que se llama “Lo de Nelly”. Puro barrio. Es algo desordenado, la cadena de frío es mejorable y un poco de variedad no le iría mal, pero la dueña es buena gente. No tendrás garantías sobre cuántas veces entró y salió de la heladera el yogurt, pero he visto cómo fiaban a las ancianas que cuentan sus monedas. Una de cal y otra de arena. Nelly es una mujer que habla poco y observa mucho. “Me pondría triste ver a mis vecinos saquear el supermercado”. Me cuenta la historia de un chino (otro más) que fue saqueado hace un año a 10 cuadras [manzanas] de acá. El hombre no entendía que los mismos a los que vendió tapas para empanadas a la mañana entrasen por la noche como una plaga a llevarse sin pagar la carne, el vino y todo lo necesario para la fiesta.
El saqueo tiene su lógica; una lógica implacable, alimentada durante décadas en la Argentina, que moldea su carácter e impregna un tango tan argentino como Cambalache: “ser piola, garpa” [ser un listo, un avispado, mola, está bueno]; “curtir al gil, garpa" [joder al tonto, embaucar al desprevenido, mola, está bueno]. Tener más es ser más. Aunque sólo se tenga un palo para amenazar. Ganar de mano es más importante que ganar. La sonrisa mentirosa o la fuerza coercitiva son instrumentos de un mismo propósito: pasar antes la cola, sacar provecho del asunto, adelantar por la derecha. Es la vida de "suma cero": lo que gano yo lo pierde otro. En esa relación, comunicar vale menos que imponer.

Si ves que un vicepresidente como Amado Boudou, encausado en varios pleitos por corrupción, sonríe satisfecho porque las balas rebotan en su cristal blindado; si ves que el jefe de la Hacienda argentina, la AFIP, regala un coche de alta gama a su hija; si ya es normal contar la fortuna de los miembros del gobierno y de muchísimos dirigentes políticos con al menos seis ceros y si en el lenguaje político las palabras “reparto” o “torta” son habituales, ¿cuál debería ser el límite del saqueador?

Robar arroz y harina daría más tranquilidad a todos. Sin embargo, en los saqueos se llevan Adidas y pantallas LED. Eso parece asustar. “Degradación moral”, dicen unos. “Eso no es hambre”, gritan otros. Pero lo que da miedo no es lo que se llevan sino la actitud con la que se lo llevan. La actitud que podemos encontrar en todas las capas sociales, sea cual sea el objeto de su saqueo. Es una actitud que adora los analgésicos y detesta el tratamiento a fondo. Prefiere abordar los síntomas antes que el foco. Le importa más lo que aparece visible que las fuerzas profundas que corren por debajo. Importa más la punta que el iceberg. Lo importante es calmar el dolor hoy; mañana, ya veremos.

Con ese gusto por las apariencias durante meses se ignoraron los reclamos de la policía y durante décadas se admitió su degradación (debida a cotas altísimas de corrupción) y ahora se aceptan todos los reclamos sin importar el precedente que genera (a partir de ahora, ¿cómo se negocia con el ejército?).
Carte en Córdoba para disuadir a potenciales saqueadores

Con ese ánimo de urgencia, los saqueadores reclaman que les ayuden a pasar la navidad (de Reyes ya hablaremos)  porque si tengo el arma, disparo; porque lo que quiero, lo quiero ya.
Con liviandad se mienten las cifras oficiales, con liviandad se patean los problemas para el futuro y con liviandad se pintan las estaciones de tren sin cambiar los raíles. Que la cosa se vea linda por fuera.

La mayor parte de los problemas de la policía tienen que ver con la corrupción de parte de sus mandos y la mayor parte de esos mandos tiene que ver con el poder político que supervisa a la policía. La mayor parte de esa política suele ser avalada por la ciudadanía. Una ciudadanía que premia mayoritariamente la inmediatez y el atajo, el provecho oportunista (¿qué, vos no lo harías?). Esto es un puerto y acá se aprovechan las oportunidades, vengan como vengan.

Total, vamos al supermercado y si nos fían no nos vamos a andar fijando si cumplen con todas las normas. Si saco partido yo, me basta. Como aquel pasajero en el aeropuerto de Mendoza que me preguntó por qué me  molestaba el retraso del vuelo si nos iban a dar una noche de hotel gratis.





   

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