lunes, 9 de diciembre de 2013

POLICÍAS EN HUELGA, POLÍTICOS EN GUERRA

A la huelga de 2000 policías en Córdoba le siguieron réplicas en varias provincias. Córdoba, Río Negro, Neuquén, Santa Fé, Chaco, Entre Ríos, Buenos Aires, San Juan, Chubut, Catamarca. 
9 de las 23 provincias del país tienen a sus efectivos armados en estado de "brazos caídos", sin prestar servicios mínimos.
Para destrabar los conflictos, los diferentes gobiernos toman el camino más efectivo a corto plazo: aumentar los sueldos. En la provincia de Buenos Aires, el gobernador adelantó el pago del aguinaldo de navidad para calmar los ánimos.
Pero como en tantas ocasiones, el conflicto es sólo un síntoma  y no el verdadero foco del problema. Atender sólo los síntomas es el camino más corto para dilatar la solución, para alargar la crisis, para patear el asunto hacia adelante (una empecinada afición de la política argentina, enganchada a la estrategia del analgésico que calma pero no cura)
Tanto los reclamos policiales como los saqueos que les siguen expresan un malestar creciente que sólo busca en la violencia la vía de solución a los problemas. Es un pensamiento hiperpragmático y relativamente desesperanzado ante el mañana: se trata de arreglar la urgencia hoy y se trata de arreglarla como sea.
¿Por qué los miles de policías que ponen sobre la mesa sus "fierros" como arma (literalmente) negociadora iban a reaccionar de manera diferente a lo que hacen muchos sectores de la sociedad argentina, habituados al lenguaje de la fuerza, la lealtad ciega y el reparto de prebendas, no de derechos?
En la solución de un conflicto no sólo es importante como se afronta la urgencia sino cómo se profundiza en las razones que desencadenaron la crisis.
Quizás sirva recordar la que seguramente fue la huelga de policías más grande de la historia, la de Boston en 1919. 
Boston: caos en 1919 por la huelga policial en la ciudad
En esa época la policía de la ciudad vivía en condiciones precarias. Así las reconstruye un periodista. "Después de la Gran Guerra europea, los agentes de policía de Boston vivían en una situación cercana a la indigencia. Mantenían el sueldo de 1913, pese a que la inflación había subido casi el 80% en seis años. Cumplían jornadas de entre 60 y 70 horas semanales. Dormían la mayoría de las noches en comisaría, en condiciones higiénicas deplorables. Cada vez que un juzgado les convocaba para declarar, se les descontaban las horas del salario. Y tenían que pagar de su bolsillo los uniformes y las balas".
Al parecer, el alza del precio del carbón desató la protesta. Los agentes eligieron a un grupo de representantes para negociar mejores sueldos. El ayuntamiento de Boston estaba de acuerdo. Los magnates y empresarios influyentes también. La sociedad de Boston y los medios también se mostraban a favor de que los policías cobraran más. 
Quien no estaba de acuerdo era un hombre llamado Edwin Upton Curtis. Curtis había sido alcalde de la ciudad y aspiraba a hundir a su sucesor. Ver a su rival político hervido en el caos ocasionado por la huelga de policías era mucho más valioso que encauzar el conflicto. Contó para eso con la complicidad del gobernador del Estado, Coolidge, que aspiraba a ser presidente y el conflicto, no la solución, le calzaba perfectamente.
Los agentes aprobaron ir a la huelga el 9 de septiembre. "Miles de marineros, rufianes y personas presuntamente de bien aprovecharon la ausencia de la policía para violar, saquear e incendiar. Fue una noche terrible. Gran parte de la ciudad quedó destrozada".
El gobernador del Estado despidió al alcalde, tomó el mando y logró hacer carrera: Coolidge llegó a ser presidente.
No obstante, los derechos que habían reclamado los policías se incorporaron a los nuevos agentes que entraban en el cuerpo de Policía y la valoración de su trabajo y su sueldo mejoró sustancialmente. Todos sabían que el caos que se produjo en la ciudad por la huelga tenía como responsables a políticos como Curtis o Coolidge, cuyos objetivos políticos se pusieron por delante  del bienestar de todos. Pero hasta políticos tan cínicos como ellos, sabían que sin ir a la raíz del malestar era imposible arreglar nada.

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