sábado, 12 de octubre de 2013

UNA VERGUENZA LLAMADA LAMPEDUSA



La muerte de más de 300 inmigrantes hace una semana en la isla italiana de Lampedusa y el hundimiento de otra barcaza con 250 inmigrantes hace 48 horas arrojan cifras de batalla, huelen a bombardeo, evocan una guerra.


La guerra contra la inmigración es una guerra electoral. Permite a los gobiernos o a los partidos que pretenden gobernar mostrarse firmes y poderosos ante un "enemigo" y conquistar apoyos y simpatías de la población. El miedo es la principal munición.


¿Qué altura debe tener el muro para que no entren los bárbaros? Europa lleva años dándole vueltas a esa pregunta y siempre encuentra la respuesta agregando algunos ladrillos más. Es inútil para frenar la entrada de inmigrantes, pero es muy rentable para aumentar los votos.


Esto no es una tragedia. Es un crimen a gran escala. El Mediterráneo se tragó centenares de inmigrantes en Lampedusa. Un hangar con cientos de ataúdes parece conmover Europa,  pero sería incierto e inexacto e hipócrita pensar que el mar es el verdugo. El verdugo se puede encontrar en los atriles políticos que exaltan la división. En las decisiones de los gobiernos, lejos de la razón y demasiado cerca del oportunismo.


La ley en Italia dice que a cada muerto se le otorgará la nacionalidad póstuma y a cada superviviente de la "tragedia" se le aplicará una multa de 5000 euros por entrar ilegalmente en el país. Y la deportación, claro. 
La Ley en Italia dice que es delito ayudar al inmigrante que se hunde en el mar y que es legal mirar para otro lado, como hicieron no uno, ni dos sino tres pesqueros mientras se incendiaba la barcaza con 500 inmigrantes.


En España 150.000 inmigrantes se quedaron sin tarjeta sanitaria hace unos días y los médicos y enfermeros hacen trampas al Estado para atender casos de urgencia.


El gobierno francés, que es socialista, trató de ganar algo de popularidad estigmatizando a los gitanos rumanos. Y le salió bien.


David Cameron, primer ministro británico, quiere expulsar a los inmigrantes que puedan suponer una amenaza: “Como Primer Ministro, quiero saber qué puede mantener nuestro país a salvo. Entonces, ¿podemos echar a quienes no tienen derecho de estar aquí o constituyen una amenaza para nosotros? Creo que debemos tener esa posibilidad”. Además, como postre, quiere reducir en 100.000 el número de inmigrantes .
La dirigente alemana Angela Merkel hace dos años decía que la idea de “una sociedad multicultural en Europa ha fracasado”.


En Grecia, Amanecer Dorado, con un líder que tiene como lema “Sangre y Honor” logró medio millón de votos en 2012. 
Jobbik, un partido de extrema derecha en Hungría que se dedicó, literalmente, a cazar gitanos, obtuvo un millón de votos y 47 diputados de un total de 380. 
En Austria, que propugna la expulsión de los inmigrantes, tiene casi un 30% de apoyo electoral. 
En Francia, el Frente Nacional logró imponer su agenda y su discurso sobre los inmigrantes, empujando a todos los partidos a competir en su dureza ante el extranjero. La representación de los partidos de extrema derecha en Europa aumenta en Noruega, Bulgaria, Chipre, Croacia, Dinamarca, Italia, Suiza y el Reino Unido.












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