domingo, 13 de octubre de 2013

EUROPA SE SUICIDA EN EL MEDITERRÁNEO


Un largo muro de nichos en el cementerio de Tarifa (al sur de España) guarda los esqueletos de inmigrantes ahogados y recogidos en la orilla.  Siempre  el mismo nombre y apellido: INMIGRANTE MARROQUÍ. Distintas fechas en 1999, 2000, 2001, 2005, 2012...que tienen un punto inicial: el 1 de noviembre de 1988, cuando se documentó la primera embarcación de inmigrantes que naufragaba en las costas de Cádiz. Iban 23 inmigrantes, sobrevivieron 5. La foto de un cuerpo cubierto de arena y algas impactó a los españoles. Hoy, apenas es una rutina de verano.



La monotonía de los nichos blancos con letras azules (INMIGRANTE MARROQUÍ, INMIGRANTE MARROQUÍ) se rompe en una lápida: una que tiene identidad. Un nombre: Hope Ibrahim, Nigeria, 19 de abril de 2005. Hope...





En principio, es la esperanza la que moviliza a miles de inmigrantes a un viaje incierto y peligroso. No es una esperanza tan boba como supone el europeo medio. No es la  mera esperanza de saciar el hambre o aliviar la miseria.




“Si emigras, te ahogas. Si te quedas, te ahogas” repiten como un karma los integrantes de una asociación de familiares y amigos de inmigrantes que murieron en el Mediterráneo. 
Son de Larache,  una ciudad portuaria marroquí bastante hermosa y relativamente próspera, cerca de centros turísticos y residenciales, en la franja más rica y desarrollada del país. No encontrarás ahí barrigas infladas por el hambre. “Si te quedas, te ahogas”.

La esperanza es por más. Por otra cosa. Por estar más libre, por sentirse más realizado, por buscar más oportunidades, por estar más cerca de un mundo de méritos y más lejos de un mundo de prebendas. Por rebelarse, que es el combustible de cualquier progreso. 





Desde que empezó el siglo se ahogaron en el Mediterráneo unas 20.000 personas (son datos de Naciones Unidas).  Podrían haber iniciado un negocio, en cualquier pueblo de la playa, casarse, retornar a sus países con unos ahorros. Y todo hubiese sido positivo para alguien. Sin embargo, un conjunto de decisiones políticas de dudosa eficacia y justificación obligar a entrar a Europa por la ventana, perdiendo tiempo, energías y vidas.

No sabemos nombres, ni nacionalidad, ni raza, ni religión, ni edad. de esos 20.000 muertos. Sí sabemos que en casi todos latía un pulso que los empujaba a arriesgarse, incluso de forma temeraria, para vivir de otra forma. No se trata sólo de un empleo. La mayor parte de los que mueren en una patera seguro que podría conseguir un empleo en su país, incluso mejor del que encontrará en Europa. 

Se trata de algo más. De un ímpetu que es el que suele estar detrás de las grandes migraciones y  es el que moldea la prosperidad de muchas fronteras. 

Se trata de las ganas de aprender, de mejorar, de cambiar, de  liberarse, de dejar atras códigos conservadores; se trata de la rebeldía, la misma que forja los mejores momentos de Europa, cuando irradia libertad.






Cada muerte en el Mediterráneo es una Europa que mata a quemarropa cualquier energía renovadora.  Cada nueva normativa que dificulta la emigración, cada política que establece discriminaciones, cada nuevo discurso xenófobo y cada ambigua declaración de los partidos "serios" , cada nueva impotencia de sus gobiernos para, si quiera, hacer un operativo de rescate, cada disimulo durante la larga crisis en el mundo árabe es una forma de ahogar al que viene esperanzado buscando algún resquicio de lo que hizo grande a Europa.

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