jueves, 26 de julio de 2012

MÁS DE 250.000 PERSONAS SALIERON DE ESPAÑA EN EL PRIMER SEMESTRE DE 2012

Hace cuatro años esta noticia era inverosimil. Eran otros días. En España había récord en la venta de cualquier modelo de Audi, se levantaban como monumentos más de 800.000 viviendas al año, que hoy son panteones vacíos, testigos del hundimiento. Era difícil encontrar un peón español porque los españoles estaban cumpliendo su ambición de ser algo distinto a lo que habían sido hasta hace poco. Arriba, en el cielo, bien alta la autoestima: "como en España, no se vive: coño!".
Todo eso ya paso. Hoy la Cruz Roja entrega cajas de alimentos en asociaciones de arquitectos, cuando entras a sacar dinero de un cajero - si todavía tienes trabajo- puede haber un español escuchando la radio estirado en un saco de dormir o un rumano comiendo una lata de atún. En la calle hay gente que hasta hace doce meses estaba en su casa viendo la televisión en un sofá. Y claro, crece el número de los que se quieren ir. Dejar España. La España que cada 20 ó 30 años te hiela el corazón.
En los primeros seis meses de 2012, casi 41.000 españoles emigraron al extranjero, más del doble de los que lo hicieron el año pasado (18.274) - datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Si a éstos se le suman los extranjeros que regresaron a su país, de enero a junio de 2012 unas 254.352 personas se fueron de España. Catalunya, que fue la región en la que primero se estableció la inmigración extranjera es  también ahora la comunidad con un mayor aumento de la emigración. Un total de 87.000 personas se fueron de esta comunidad autónoma, de las que 8.115 eran de nacionalidad española y casi 80.000 foráneas. Le sigue Madrid, con casi 49.000 emigrantes, de los que 7.728 eran estatales y más de 41.000 extranjeros.

Algunas son historias de ida y vuelta, como la de Nilda Diarte: "Vuelvo a estar entre dos aguas», dice Nilda, una directora de teatro que llegó a Bilbao en 2003 y, como tantos otros argentinos, sabe bien lo que es migrar a golpe de crisis. «Mi vida es el teatro, siempre lo ha sido, pero jamás tuve problemas en compaginar esa actividad con otros trabajos, ni allí ni aquí», explica. «En mi país, por ejemplo, era empleada administrativa. Trabajé durante años en el Hospital Británico de Buenos Aires, hasta que empezaron los despidos. Como tenía una familia que dependía de mí, decidí que no me iba a quedar con los brazos cruzados y me aventuré a montar un pequeño negocio de comidas preparadas y catering», relata.

«Pero con el ‘corralito’ ya no había mucho más para inventar. Quiero decir, las circunstancias te permiten llegar hasta un punto determinado. Uno puede poner todo de sí mismo, ser creativo, tener empuje… y, aun así, no avanzar. Lo que pasaba en mi país era tan grave que muchos ciudadanos nos quedamos sin opciones. No se trataba de falta de ganas o de creatividad, sino de que, miraras donde miraras, no veías la salida». Si acaso, solo una pista: la del aeropuerto internacional.

Nilda hizo sus maletas y fue a Bilbao, donde tenía una amiga. «Vine en busca de una alternativa – dice – . No tenía grandes metas, solo hacer lo que en mi tierra no podía: trabajar. Empecé cuidando niños y, como muchas personas, viví la realidad del trabajo precario y de la vivienda compartida para ahorrar, conseguir los ‘papeles’ y poder progresar. Poco a poco, fui dando pasos hasta que accedí a un empleo mejor, como administrativa. Y lo cierto es que, de un modo u otro, he trabajado de manera continua… hasta hace poco».

Otras historias, muchas, cada vez más, sólo son de ida: jóvenes españoles decididos a dejar atrás el milagro español, que previamente los dejó a ellos en la calle.

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