domingo, 24 de junio de 2012

INDOCUMENTADOS EN ARGENTINA: NO TENDRÁS NI TU PROPIO NOMBRE

Hay muchas formas de ser pobre. Podés no tener una casa en la que vivir. Podés no tener cloacas en el barrio. Podés no ir a la escuela. O subsistir con calorías malas o tener una esperanza de vida de 55 años. O no tener una cuenta en un banco. O no firmar nunca un contrato de trabajo. Pero la manera más contundente de ser pobre es no tener la posesión, ni siquiera, de un nombre y un apellido.
"Creo que voy a morir sin figurar en ninguna parte". Gustavo Cabrera tenía 21 años en 2010. "Cuenta que no lo aceptaron en la escuela, que no sabe lo que es tener un trabajo formal, que no lo atienden en un hospital público, que no pudo votar nunca, que la policía lo deja demorado cuando le pide documentos y él comenta que no tiene. Mi nombre no figura en ningún lado. No existo, parece", dice Gustavo, en una voz baja, casi inaudible, como aplastada por la desazón de peregrinar durante 4 años detrás de un documento "que no sale", escribe Verónica Dema en el diario La Nación.
En Argentina podría haber 800.000, 500.000 ó 300.000 personas que carecen de un documento de identidad. Nadie sabe su número porque legalmente no existen. Pero no importa. Ni siquiera hace falta pasearse por las calles de cualquier barriada informal del conurbano de Buenos Aires para escuchar historias y más historias de puro abandono.  Gustavo Cabrera, Carina Cáceres, Marina Vera son personas con nombre y apellido, se levantan cada mañana para ir a trabajar, comen y ven la televisión; a veces enferman; otra veces se enojan; la mayor parte del tiempo resisten. Pero durante años no figuraron o siguen sin figurar en ninguna lista oficial: si no lucharan por su identidad nunca podrían firmar un contrato, recibir asistencia de pleno derecho en un hospital, obtener un título de primaria o comprarse una bicicleta a crédito.
Son desaparecidos en vida, personas a las que el Estado desconoce e ignora, ciudadanos invisibles cuyo sufrimiento no se registra. Muchos forman parte de las oleadas millonarias de migrantes que proceden de varios puntos del país. Un flujo humano oscuro que se esparce en la ciudad ante la mirada recelosa y despreciativa de la buena sociedad blanca, católica y orgullosa de su abolengo europeo.

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