domingo, 27 de mayo de 2012

LA DESESPERADA TÁCTICA DE MITT ROMNEY ANTE LA INMIGRACIÓN

Los republicanos en Estados Unidos cargan con parsimonia el tambor del revolver y la pregunta es en qué momento apuntarán a su propia cabeza.
El candidato republicano a las presidenciales en Estados Unidos, Mitt Romney, avanzó a velocidad de crucero en la interna del partido gracias a un discurso agrio sobre la inmigración. 
Está escrito en los manuales del buen candidato republicano que la mención de palabras como "deportación" o "frontera segura" forman parte del discurso que el electorado quiere oir. Son teclas que desencadenan, según los republicanos, la simpatía del votante. Con unas cuántas dosis de propuestas restrictivas con la inmigración, Romney superó tranquilamente en la carrera interna a Rick Perry. Esta fue la primera fase de su estrategia: el objetivo era la nominación y por tanto lo que primaba era el discurso interno, la conexión sociológica con el electorado propio más militante y radicalizado.
En la segunda fase de su estrategia, que debe conducir a batir a Obama en las elecciones, Romney pivotea como puede en su discurso para orientarse al electorado moderado y a parte los hispanos. Ya no habla de deportaciones. Ya no habla de fronteras y patrullas. Ahora, sobre inmigración, no habla. Sencilalemente.  La semana pasada se reunió con la Coalición Latina, en Washington. Habló de muchas cosas, entre ellas de educación. Pero sobre inmigración no dijo ni una sola palabra. La premisa es que sobre este tema el silencio puede ser más inteligente que la arenga nacionalista. 
El voto hispano se ha convertido en medular en algunos estados como Colorado, Nevada o Virgina, además de serlo desde hace tiempo en California, Florida, Arizona o Texas. Los demócrastas llevan trabajando ese voto desde hace décadas y ahora empiezan a percibir los beneficios. El cambio social es tan grande que los republicanos se desesperan viendo como baja su base electoral (la población blanca se va empequeñeciendo) y no logran penetrar con la fuerza necesaria ni entre hispanos ni entre negros.
En Europa, curiosamente, el esquema es al revés. Mientras los partidos de izquierda padecen por definir su discurso sobre la inmigración sin perder electorado y optaron durante mucho tiempo por el silencio para evitar ahuyentar electorado, los partidos de derecha no tienen empacho en colocar su discurso interno convencidos que las urnas lo refrendan sin duda alguna.
Pero esto puede ser solo temporal. Fruto más bien del mayor poderío demográfico de los hispanos en Estados Unidos en comparación el peso de la inmigración y su descendencia en Europa.
Una Unión Europea con un proporción mayor de inmigrantes y de segunda y tercera generación plantea unos retos similares a los que se dan en Estados Unidos en términos electorales. Se tratará de ganar el voto mayoritario y hacerlo compatible con obtener el apoyo de inmigrantes y descendientes. La derecha norteamericana parece tener problemas en lograrlo. Y la izquierda en Europa aún no ha encontrado el camino.

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