domingo, 18 de marzo de 2012

ORO, LEPRA Y LOS NIÑOS MINEROS DE PERÚ

El último parte de noticias dice que han muerto 3 mineros y casi 40 están heridos en los enfrentamientos entre la policía y cientos de jóvenes trabajadores de minas furtivas de oro en Puerto Maldonado (capital de Madre de Dios, la amazonia peruana). Para la mayor parte de los medios, esta es una historia más de lucha por el oro, desastre ambiental y trabajo ilegal (e intentos de regular la actividad, que es de lo que van los enfrentamientos ahora). La violencia le da ahora sus quince minutos de pesadilla pública.
Laberinto, capital de los mineros de Madre de Dios 

Pero yo conocí a Kevin en Madre de Dios en 1996. En una una ciudad llamada Laberinto. Que no es una metáfora ni una ironía de la geografía, sino un pequeño rincón del infierno que uno puede encontrar en el Amazonas.

Fue en un comedor para chicos que lograron escapar de los campamentos mineros clandestinos. Casi todos son pequeños emigrantes desde la sierra peruana (a unos 4.000 metros de altura) que llegan por cientos para explotar los residuos del oro. Kevin buscaba oro o, al menos, un salario de unos 100 dólares al mes. Yo buscaba historias para un reportaje de radio sobre la minería en Perú. Pero encontré otra cosa y Kevin también.

A Kevin lo engancharon en la sierra, le prometieron un suelo, una cama, comida y, decía él, un futuro de estudios. En las calles de Laberinto abundan los mangos esparcidos por el suelo, que son del tamaño de un melón. También cantinas para mineros con nombres sugerentes: "Las gatitas" o "Tu lugar de placer". Abundan los mineros: hombres y mujeres. Y niños, muchos niños mineros. En Laberinto hay muchas cosas, pero no escuelas, decididamente.

Kevin se subió a un camión en su pueblo del Huancayo y fue para la selva. Tenía 14 años y muchas ganas de comer mejor. "Yo quiero prosperar" me dijo unas 12 veces a lo largo de todo el rato que estuvimos. "Pero cuando llegamos y nos echaron al río ya me di cuenta que aquello era el infierno". Lo demás es una historia pavorosa de esclavitud infantil que se desarrolla en un campamento minero furtivo. Ahí el salario prometido se queda en la mitad para descontar gastos de alojamiento y manutención: unas carpas azules de plástico en la misma explotación, embarrada y húmeda, plagada de mosquitos y una comida insuficiente y cara. Las jornadas son interminables. La vigilancia de los capataces es a golpe de escopeta. Viven sumergidos en el río y en el lodo. A expensas de todo. El único médico del campamento suele estar borracho o fornicando con algunas de las putas que se atreven por la zona. Pero es una historia muy rentable para el país: el año pasado la explotación ilegal de oro en Madre de Dios fue de unos 500 millones de dólares (2.000 millones es el total de la explotación ilegal de oro 6.000 millones el comercio total). Y un inmenso desperdicio para miles de menores de edad.

Cada cierto tiempo, 20 ó 30 de estos chicos huyen, según me contó la asociación Huarayo, que trabaja en Puerto Maldonado y me guió en todo el camino. Llegan casi todos desnutridos y tuberculosos. Ninguno de ellos recuerda que alguien haya encontrado una pepita de oro que valiese la pena. Y aunque la hubiesen encontrado, los dueños toman su precaución: los muchachos trabajan casi desnudos, con un pantalón de fútbol o unos raídos calzoncillos, para que no puedan llevarse oro. Y por eso abunda la "lepra blanca": un mosquito transmite con facilidad la leishmaniasis entre ellos. Lo llaman la enfermedad del Emigrante. En Puerto Maldonado hay un hospital adonde van a parar muchos de estos chicos. Tiene úlceras tremendas y en algunos casos pérdida de carne. En otro casos la enfermedad viene y va. Los marca de por vida.

Un año después, ya en Madrid, supe que Kevin había enfermado. Seguramente ya estaba enfermo cuando nos vimos en aquel comedor. "Yo quiero prosperar" decía Kevin. Tengo una foto suya en blanco y negro, sentado en un banco y con la cara tan poblada de granos como el corazón de sueños. Kevin quiere prosperar. Es lo que gritan ahora los mineros en Perú que no quieren que se "legalice" su actividad. Quieren sobrevivir. Irónico si se piensa que están dispuestos a perder la vida o la carne o la selva para "sobrevivir".

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