lunes, 12 de diciembre de 2011

SARKOZY BUSCA EL VOTO DE LA "CHUSMA": EL ASCENSO DE JEANNETTE BOUGRAB

Puede que Jeannette Bougrab sea un ejemplo de integración perfecta. Hija de un argelino obrero metalúrgico y antiguo harki (la denominación que recibían los argelinos partidarios de Francia durante la guerra de independencia a principios de los años sesenta) condecorado por la República con la Legión de Honor, Jeannette creció en los barrios más humildes de Orléans, compartiendo vereda con hijos de inmigrantes senegaleses, marroquíes, tunecinos, argelinos o marfileños. Creció en los barrios donde vive la gente que el actual presidente de la República, Nicolás Sarkozy, calificó de "chusma" durante las revueltas de hace dos años en Francia.
Bougrab trabajó, estudió, obtuvo su titulo de abogada y empezó una firme carrera política en la UMP, la derecha gaullista. Después de varios años de trabajo en el Consejo Constitucional, ha sido tentada por el mismísimo Sarkozy para hacerse responsable de la Secretaría de Juventud.
Se declara "de derechas", denuncia la "cristianofobia" de Occidente no cree en las cuotas o en la discriminación positiva. Más bien sostiene un discurso sobre el esfuerzo y el trabajo que la coloca cerca del relato norteamericano sobre el progreso y el ascenso social. Desde uno cualquiera de los miles de apartamentos grises y avejentados de la periferia francesa, Bougrab camina hacia una responsabilidad política alta, y llamada por el propio Sarkozy.
Historias como ésta surgen de vez en cuando en suelo europeo como pequeños brotes de una planta nueva. A pesar del afan por concebir al inmigrante como un cuerpo extraño, sin proyecto a largo plazo, y sin capacidad de redefinir la identidad nacional del país que recibe, cada vez son más las historias de inmigrantes o descendientes de inmigrantes con recorridos "a la americana": sin abolengo, sin apellido, sin "terroir".
Empresarios, grandes y pequeños; profesionales sanitarios o técnicos; ingenieros y abogados, la legión de inmigrantes que forma parte del ascenso social en Europa es grande. Quizás sean pequeños grupos en medio de una amplia masa de damnificados por la crisis, pero el ascenso del extranjero no suele ser masivo: son más los que encuentran pesadillas que los que encuentran sus sueños en el viaje.
Bougrab habla como la gente de los barrios. Sabe lo que piensan. Sabe cómo tocar su fibra. Habla del paro y la educación, de la desesperanza y del mérito, habla al corazón mismo del barrio. Comparte con otro hijo de inmigrantes, el propio Sarkozy, pasión en el discurso, lenguaje llano, sufrimiento a sus espaldas. Y todo esto bajo la bandera de una derecha popular, cercana, práctica, que presuntamente busca el progreso de todos los que se lo ganen.
Es una historia aleccionadora sobre lo obsoleto del discurso basado en un inmigrante objeto de caridad y sonrisas complacientes, que ha sido lo más frecuente y lo más erróneo en los partidos de izquierda.
El voto de la segunda generación está ahí para ser conquistado. La próxima campaña electoral en Francia será un ejercicio de los grandes para captarlo. Incluso la hija de Le Pen lo intentará. Los socialistas y los conservadores también. El relato que se haga sobre la participación del extranjero en la construcción de Francia durante las próximas elecciones tendrá los componentes de un debate profundo. No en realidad sobre quién es o no es europeo.  Más bien sobre cuáles son los criterios para convivir y dirimir los conflictos, se venga de donde se venga.

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