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Percepción y conclusión


Hace poco se publicó un estudio de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) que refrenda con datos globales lo que ya era una realidad en muchas, si no todas, las sociedades que reciben inmigrantes.
En Estados Unidos, cuando se pregunta a un norteamericano cuántos inmigrantes cree que hay en el país la respuesta es un 40%, pero la realidad está muy lejos: en Estados Unidos un 14% de la población es inmigrante, no el 40%.
En Italia, un ciudadano cualquiera al ser preguntado sobre la cantidad de extranjeros que hay en el país dice que un 25% de la población, pero la realidad es que hay 7 inmigrantes por cada 100 italianos. En España el salto también es importante: se percibe un 21% de extranjeros entre la población, pero no llega al 14%.
Es una percepción distorsionada. Pasa lo mismo cuando se habla de inmigración irregular. Mientras 2 de cada 3 inmigrantes entran en Europa de modo legal con sus papeles perfectamente en regla y cumpliendo todos los requisitos que imponen las normas, la percepción de la población es que la mayor parte de los inmigrantes entra por la puerta trasera del continente, en cayuco o en los bajos de un camión.
¿Por qué es tan distante la realidad y la percepción cuando hablamos de extranjeros?
Los autores del estudio proponen algunas explicaciones: los inmigrantes, por ejemplo, residen de modo mayoritario en las ciudades, donde son más visibles. Otra explicación posible: la población “mezcla” conceptos distintos como inmigrante, refugiado, inmigrante irregular sin hacer distinciones.
Pero parecería que se quedan cortas las explicaciones. Porque al ver la distancia entre percepción y realidad uno se pregunta ¿qué es lo primero: la idea errónea de que hay muchos extranjeros lo que alimenta los discursos chauvinistas y xenófobos o un ambiente cada vez más hostil hacia el extranjero que hace que un europeo vea inmigrantes debajo de todas las piedras?
Seguramente esta serpiente muerde su cola y a la vez que el discurso acentúa la percepción, la percepción da alas al discurso.
En el informe de la OIM falta más contundencia respecto al papel que los discursos políticos están teniendo en la fractura de la convivencia en Europa. Y respecto al papel que los medios de comunicación tienen en una visión tan distorsionada de la realidad.
El marketing político, basado en lemas básicos e imágenes sencillas propuestas como un contrato indefinido en el que el elector apenas entrega su voto acrítico y el político apenas muestra su agenda, tiene mucho que ver en la exacerbación de los sentimientos sobre el extranjero. Es una rápida movilización de emociones electorales. Y buena parte de los medios de comunicación, interesados también en un cliente masivo, no tiene demasiada necesidad de distinciones o profundizaciones.
Un dato que aporta el estudio resulta significativo: el retrato robot del ciudadano que se molesta con la presencia de extranjeros es el de un varón de 65 años, sin formación universitaria, sin oficio especializado y seguidor de una religión, aunque no practicante.
Este es un perfil demográfico abundante en Europa, abundante en las ciudades europeas, en los centros antiguos, en el entorno urbano-rural de las grandes ciudades.
Cualquiera que conozca una barriada envejecida puede concluir que la convivencia entre mayores poco cualificados, viejos emigrantes del campo a la ciudad en la España de los 60 y 70, por un lado, y los extranjeros es explosiva.
Es un votante que se siente amenazado por el extranjero, con el que no se establecen espacios intermedios o de comunicación.
Es una base electoral muy importante para los grandes partidos si quieren gobernar. Es un elector que “ve muchos extranjeros” y que tiene poca paciencia (con el ruido, con los jóvenes, con los nuevos hábitos, con el extranjero). Es en esa base electoral en la que se debe trabajar con una misión: evitar la percepción manipulable, la que establece falsas conclusiones. Por ejemplo, que hay más extranjeros de los que realmente hay.   

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