lunes, 2 de mayo de 2011

INDOCUMENTADOS EN LA REPÚBLICA DEL DESTIERRO

Hace 23 años conocí a un chico argentino de la provincia de Jujuy, de un departamento llamado Rinconada, cerca de la frontera con Bolivia. A pesar de declararse argentino había hecho el servicio militar en Bolivia.
Contaba esta historia: una vez viajaba en uno de esos polvorientos autobuses que llevaban a la gente desde Jujuy a Bolivia, normalmente a buscar sustento en algo, aunque fuera en el salitre.
Bandera argentina en Jujuy
El ejercito interrumpió el viaje. Varios militares subieron a inspeccionar el pasaje, preguntaron su nombre al chico de la Rinconada, le pidieron su documentación y como no tenía ni un mísero papel que enseñar lo detuvieron. 
Él, desesperado, gritaba: "Soy argentino". 
Pero a los militares bolivianos, acostumbrados a abusar de sus semejantes, no les importaba mucho esa declaración. Tenía aspecto de boliviano, era hombre, era joven y no tenía documentos: suficiente para ser reclutado.
Se lo llevaron y estuvo casi un año en un cuartel de Tupiza, cerca del salar de Uyuni, contando los días y las noches en el lugar más seco del mundo . Un día llegó la notificación del consulado argentino en Tarija: decía que el pobre infeliz de piel oscura, movilizado por el ejercito de Bolivia y sin recurso legal alguno, era argentino. Uno de los muchos que, hace ya 23 años, no tenía documentación. Fue liberado y "depositado" en la frontera, ocho meses después de iniciar su viaje. Al volver a Argentina, junto al DNI, recibió una citación militar para hacer el servicio militar ... en Argentina, claro.
"Soy Argentino" decía. Pero eso, en Argentina, no garantiza mucho.
Cuando él nos contaba su dramática aventura y lo escuchábamos, todos de verde oliva, en las eternas guardias del cuartel al que íbamos a parar prófugos o desertores, nunca faltaba algún soldado o algún suboficial, genuinamente argentino, que le dijera: "Pero, no ves que sos bolita" (la manera despectiva que tenemos los argentinos de llamar a los bolivianos; y la manera que tenemos de seguir sintiéndonos exiliados y civilizados europeos en la salvaje tierra americana. Y una forma de decirle que era torpe.
Aquel chico era un indocumentado. Pero en Argentina, el indocumentado es algo distinto a lo que significa en Europa. Por el momento.
"Indocumentado" es un término que se suele utilizar en Europa y Estados Unidos para aquellos inmigrantes que han ingresado de manera irregular o, que habiendo entrado de forma regular, permanecen luego sin el permiso que corresponde. 
Forman parte de la agenda política, sobre todo, como un instrumento de ataque electoral a las políticas inmigratorias por parte de los partidos en la oposición ante los partidos en el gobierno. Y es un tema sentido como una prótesis, el incrustado que representa el inmigrante. 
Así es casi siempre, salvo en Argentina.
En Argentina al indocumentado "global style" se suma también el indocumentado propio, el autóctono. Es una prótesis miserable en un país lleno de gente linda...  y rubia.
El Instituto Abierto para el Desarrollo y Estudios de Políticas Públicas, que preside un inquieto político del radicalismo llamado Jorge Álvarez, afortunadamente atípico entre la dirigencia clásica argentina, afirma que hay 500.000 argentinos sin documentación, esto es, 500.000 subciudadanos. 1% de una Argentina cuyo Estado considera que no existe; que no tiene derecho, en palabras del Diario Perfil, a "presumir de nombre y apellido".  
No son pobres, son menos todavía.
Es un conjunto de hombres y mujeres que en realidad semi existe . Para el Estado argentino estas 500.000 personas no tienen hambre, no estudian, no trabajan y no enferman a pesar de que son los argentinos que más necesitan estudiar, curarse y progresar. 
Una nueva visión de los problemas se impone. 

Hasta ahora hemos acumulado bolsas de población sin derechos  tales como  inmigrantes sin documentos, inmigrantes con documentos pero sin voto, nacionales con documento, con voto y sin perspectivas de progreso y así sucesivamente hasta expulsar a bastantes. 
Ahora se trata de aligerar nuestra agenda de dolores de cabeza eliminando de los registros a quienes nos recuerdan su miseria.

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