viernes, 29 de abril de 2011

"HABLAR CLARO DE INMIGRACIÓN"

El lenguaje de la política, aunque casi nunca lo parezca, pertenece al mundo de las cosas sutiles. 
En ese mundo las palabras son cuidadosamente seleccionadas, puestas en fila como un ejercito y lanzadas a una guerrilla que taladra el cerebro hasta dejar huella. Cada palabra tiene su peso específico. Unas activan la simpatía y otras lo contrario. Como cuando te dicen "no pienses que vas a perder" y aunque ni se te había ocurrido, ahí estaba alguien para recordarte la posibilidad. Casi todos los políticos saben de esto, pero la derecha es especialmente hábil en el manejo del verbo, del verbo ardiente como una bala.
Por ejemplo: cuando los políticos dicen "hay que hablar claro de inmigración" sugieren, sin decirlo, que en el fondo, como ellos, la gente (de bien) está harta de extranjeros, del ruido de sus casas, del olor de sus cocinas, de sus miradas raras en la plaza. "Hablar claro" significa, en este contexto, aprovechar las emociones del roce entre extranjero y  local para implantar la idea de que con el de afuera es imposible la convivencia. "Hablar claro" es lo que dice hacer el candidato a Alcalde de Barcelona por la derecha, Alberto Fernández.
El candidato para Alcalde de Barcelona...conviviendo con la inmigración
El Partido Popular de Barcelona acaba de sacar un decálogo para la ciudad (terriblemente escrito, plagado de faltas de ortografías y confusiones entre catalán y castellano) en el que aborda sus principales ofertas. 
Y aquí vamos otra vez a eso del lenguaje político y cómo activa nuestro pensamiento. 
El punto 5 dice: "Controlar la inmigración para que sea legal, ordenada y que los inmigrantes asuman derechos y deberes y obligaciones y respeten y cumplan nuestras normas de convivencia, sin ninguna excepción, para evitar que la sociedad se fragmente por motivos étnicos, culturales o religiosos". Muchos votantes al escuchar esas palabras siente que encienden en su cerebro  las luces de alarma: "Control", "inmigración ordenada", "deberes y obligaciones"... Es una forma sencilla de llevarte a pensar lo contrario como, por ejemplo, que  "la inmigración está descontrolada, desordenada y no cumple nuestras normas"
Pero "hablar claro" sobre inmigración debería significar "hablar claro". 
Por ejemplo: una inmensa cantidad de marroquíes llevan en España muchos años; han trabajado en túneles, han cuidado jardines, han transportado toneladas de mercancías por las mismas carreteras que han ayudado a construir, han consechado millones de kilos de tomate, de fresa, espárragos o cualquiera de las frutas y hortalizas que han convertido un pueblo diminuto, El Ejido, en una  ciudad repleta de buenos coches, fortunas inmediatas y ludópatas compulsivos. Llevan 10, 20, 30 años en España. No todos se han nacionalizado y tienen derecho a no hacerlo. Apesar de que forman parte de la comunidad, de que sus hijos son hijos ya de este país, incluso aunque  abran comercios, paguen impuestos, emprendan iniciativas, con todo eso, no podrán votar.
Entre 500.000 y 800.000 marroquíes podrían tener acceso al voto en las elecciones locales del próximo 22 de mayo. Es una fuerza tremenda. No para cambiar gobiernos locales sino para cambiar el sentido de la integración. Para dejar de ser objeto de un debate y pasar a ser sujeto del debate. Para dejar de ser eterno visitante y pasar a ser ciudadano integrado, más inspirador para su barrio, para su ciudad y para su Marruecos de origen. Pero no votan. Así que cuando los dirigentes políticos, sobre todo de la derecha pero no sólo, dicen que hay que "hablar claro" deberían terminar el párrafo entero. Porque la mayor parte de los inmigrantes cumple sus deberes y sus obligaciones pero se les niega un derecho tan esencial como elegir. Sin voto, son medio ciudadanos, vecinos de segunda categoría.
Por supuesto que hay una razón jurídica para que los marroquíes no voten. La constitución de ese país no permite que los españoles voten en Marruecos. Así que la ficha la debería mover el gobierno de Rabat, modificando la constitución. Así lo pidió este mes en Tánger Bernabé López García en la Fundación Anna Lindh: "El mejor mediador para un diálogo estable entre Marruecos y España es la población, tanto de un país como del otro, que vive en la orilla opuesta. Para que pueda llevar a cabo bien su propuesta mediadora es imprescindible que goce de todos los derechos posibles. El mes próximo se celebran en España elecciones municipales y regionales y los marroquíes asentados en aquel país no podrán votar mientras que muchos otros inmigrantes de otros países sí podrán hacerlo por reconocerse en las constituciones de sus países el derecho de voto a los españoles allí residentes. Mi proposición es que ahora que se debate en Marruecos una nueva constitución, no se olvide incluir un artículo como el 13.2 de la constitución española que permite el derecho al sufragio activo y pasivo atendiendo a criteros de reciprocidad a los no españoles residentes en España".
Sin duda los políticos españoles dirán, y seguramente con razón, que es Marruecos el que prefiere a sus ciudadanos no muy integrados en las sociedades europeas y fieles a casa. 
Sin embargo, decenas de miles de personas que llevan muchos años viviendo y produciendo en España sin poder ejercer el derecho a elegir sus gobernantes más directos (los municipios) es una anomalía de la democracia que debería movilizar también a los partidos en España. "Hablar claro", en esta ocasión, es asumir que no decimos todas las cosas cuando hablamos de inmigración, sino mayoritariamente lo que quieren oir los ciudadanos más disgustados con la presencia del forastero.






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