domingo, 20 de marzo de 2011

MALDITO BENDITO EXTRANJERO

A veces pequeños lugares pueden dar grandes lecciones. Pongamos el caso de un pueblo como Zaidín, en la provincia aragonesa de Huesca, donde viven unas 1.800 personas. Un lugar próspero gracias a la agricultura y al que fueron llegando unos 300 inmigrantes desde principios de esta década de opulencia. Rumanos, búlgaros, argelinos que encontraron su lugar aquí.
Corría el año 2006 y el ayuntamiento organizaba, como cada agosto, una cazuela para 500 vecinos. Todos invitados por su alcaldesa, siempre que fueran vecinos. Los extranjeros no. Porque los extranjeros eran peones, jardineros, electricistas, fontaneros o encofradores, pero vecinos, con todas las letras, en Zaidín, no lo eran. Incluso empadronados y, al menos,  para su alcaldesa.
“No hay cazuela para tanta gente”, “nos quedaríamos sin lugar para nosotros”, argumentaron los responsables de la venerable Comisión de Fiestas del Ayuntamiento. La comida, según resumió la alcaldesa, era para “los de aquí”. Los de aquí: Tres palabras que se incrustaron en el lado profundo del corazón local y, por qué no, con las que reafirmó algunos votos. Al fin y al cabo, el extranjero viene a trabajar pero eso no lo convierte en uno de los nuestros. Es gente de afuera.
Del suceso se hicieron eco los medios (“Los inmigrantes no están convidados en Zaidín” EL PAÍS, 13 de agosto de 2006). Después, algunos políticos, aunque no muchos. Recordemos: es el año 2006, cuando España supera la barrera de 4 millones de extranjeros y las palabras más manoseadas son “cayuco”, “avalancha” y “descontrol”. La alcaldesa amplió en 100 cubiertos la mesa, las elecciones locales de 2007 no la castigaron demasiado y el gesto se olvidó.
La lección en este municipio, sin embargo, no nos lo da su Alcaldesa, sino su pequeña escuela de 199 alumnos, la San Juan Evangelista, donde estudian unos 80 chicos extranjeros. Está en el mismo pueblo, es el mismo paisaje y son los hijos de la misma gente. Pero mientras su alcaldesa considera que los inmigrantes no tienen sitio en la comilona municipal, los alumnos rumanos o argelinos que solían llegar a menudo hace un par de años eran bienvenidos con relatos de costumbres locales, historias de Aragón o el sentido de las fiestas de la Inmaculada Asunción. Incluso recetas de cocina, como la cazuela de pato. La misma que le negó a sus padres la alcaldesa. Ejemplos del pensamiento bipolar.
Un asentamiento de cinco millones de personas procedentes del extranjero durante los últimos 25 años repartidos en 7.895 pueblos y ciudades de los 8.111 que hay en España no es algo que pase de puntillas ni que se viva sin contradicciones. Es todo un choque para un país que no conoció en su territorio, desde la expulsión de judíos y moriscos hace 500 años, más minoría étnica que los gitanos.
Como en Zaidín, y como en los miles de pueblos y ciudades españolas, el inmigrante recolecta los tomates en rama bajo los ardientes plásticos de El Ejido o pasea la silla de ruedas de nuestro abuelo;  es el boliviano Max Arriaga, oficialmente inexistente pero que murió con 31 años al salvar a cinco mujeres en febrero de 2005 y el chino de la esquina abierto hasta las doce.
Pero pocas veces es un vecino. Vemos la inmigración como una herramienta. Sometida al vaivén de cariño y odio que profesamos a las herramientas. Bendito el extranjero cuando sirve para ganar dinero y maldito si señalarlo con el dedo sirve para arañar unos votos. Extranjero, trabajador de segunda, sin sufragio: fórmula óptima para hacer del inmigrante munición electoral.
S

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