sábado, 12 de febrero de 2011

LA ZONA DE CONTACTO

Puede que Angela Merkel nunca haya probado "Le Nez du Vin" de Jean Lenoir. Tampoco David Camerón, que el otro día dijo, como la mandataria alemana hace cuatro meses,  que el "multiculturalismo" había sido un fracaso.
La Nez du Vin es un libro-objeto integrado por 54 botellitas diminutas que encierran 54 aromas. Una botellita te remite al olor intenso de la madera húmeda. Otra te recuerda claramente la frescura ácida de la manzana. Otra más, con una esencia púrpura, nos lleva así, de inmediato, a las cerezas. Todos esos aromas, o algunos de ellos, amalgamados, pueden encontrarse al oler una copa de vino. Y en el libro de Lenoir los encontramos "deconstruídos", separados, como una maravillasa herramienta que nos permitirá recordar los olores en la hora que estemos ante el vino, ante la copa de la amalgama. El consejo de Lenoir, no obstante, es claro: disfruta el vino.
La mezcla desordenada de quienes procedemos de más de 150 naciones presentes en Europa es ese vino. Y la amalgama va envejeciendo en esta barrica continental. Sea cual sea el nombre ahí está. El multiculturalismo, la asimilación de los otros, la integración ... políticas inmigratorias, modelos de convivencia... son diferentes dolores de cabeza para un único reto: cómo difrutar del vino sin la tensa y constante referencia a los 54 aromas que lo componen.
Es extraño. Europa es una mezcla de lenguas y culturas latinas, eslavas, germánicas, celtas, árabes, hebreas, musulmanas y judias. Lo puedes llamar como quieras: multiculural, policultural, transcultural... la argamasa, en todo caso, es formidable. Un europeo es todas esas cosas en una proporción u otra. Un europeo lleva trazas de muchos subproductos, como nos advierten los paquetes de galletitas. Puede que estés perforado por las voces de una cafetería en Madrid o esperando pacientemente un semáforo rojo en Bruselas, respetando una cola en Munich o intentanto evitarla en Roma, hay unos cuantos códigos comunes y un montón de lenguas, dialectos, jergas, hablas, acentos, genéticas y viviencias que no pueden ser perfectamente identificacadas pero que forman lo que somos y como somos. 
Quizás no sea el multiculturalismo en sí lo que ha fracasado. Canadá o Australia son dos países en los que explícitamente se alude al multiculturalismo desde los años 70. Y lo cierto es que, como sucede en Estados Unidos, cualquier puede ser lo que le de la gana pero todos tienen una bandera en su jardín, todos votan y todos tienen facturas que pagar.  Quizás es la forma en que nos tomamos la incertidumbre de la mezcla lo que nos complica las cosas.
En el momento del tránsito, a una hora punta en el metro, puedes ver chinos, filipinos, ecuatorianos, senegaleses, madres marroquíes y niños dominicanos, cada uno ocupando un micro espacio en el vagón. Al salir de los túneles, cuando desemboquen en la ciudad y se repartan por las calles, empezarán a cruzar palabras con el vecino, a comprar en las tiendas, a saludar a las madres en el mismo colegio, a compartir la cola en el mismo mercado. Es lo que Mary Louise Pratt llama "the contact zone". Allí donde eclosionan los encuentros. La diminuta frontera en la que no eres de acá ni de allá sino de un nuevo lugar que sólo habita en tus zapatos.

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